Cherreads

Chapter 48 - Capitulo 47

[Sivelle]

El aire cambió apenas cruzamos la línea de los primeros árboles.

Era denso, húmedo… y cargado con algo que no podía describir, como si el bosque respirara con nosotros.

Habíamos descansado un día entero tras unas semanas de cabalgar con breves pausas, y aun así, mis músculos dolían. Pero el cansancio no era lo que me inquietaba: era el silencio.

No había viento. No había cantos de aves. Solo el crujir de las hojas bajo los cascos y el tintineo apagado de las armaduras.

—Mantengan las formaciones cerradas —ordené, levantando una mano enguantada—. Nadie se adelante.

—Sí, joven duquesa —respondió el capitán desde la vanguardia. Su voz, firme pero baja, sonó como si temiera despertar algo dormido entre los árboles.

A mi lado, Miya avanzaba sobre su yegua blanca, vigilando cada sombra. Su mirada felina, siempre alerta, se movía más rápido que el sonido.

—No me gusta este lugar —murmuró.

—A mí tampoco —respondí—. Pero debemos cruzarlo. No hay tiempo que perder.

Ella me miró de reojo, sonriendo con esa mezcla de cariño y sarcasmo que solo ella podía lograr.

—Siempre tan terca como su madre.

—Y tú tan molesta como siempre —repliqué, sin mirarla, aunque mi tono traicionó una leve sonrisa.

Miya soltó una risita baja, pero su mano no se separó de la lanza que descansaba junto a la silla.

El capitán cabalgó hacia mí.

—Mi lady, los hombres de reconocimiento ya regresaron. Los caminos del norte están bloqueados por raíces, y al sur… hay rastros de pisadas. No humanas.

—¿Bestias? —pregunté.

—Eso parece, aunque no pudieron determinar cuántas. —Hizo una pausa—. Los rastros son frescos.

Miya frunció el ceño.

—¿Frescos? Tan cerca del borde del bosque… eso no es común.

—Nada aquí parece común —dije en voz baja, dejando que el caballo avanzara entre los troncos altos—. Recuerden lo que les dije antes de entrar. Este bosque es traicionero, más de lo que aparenta.

El sonido metálico se apagó; los hombres empezaron a hablar en susurros.

El bosque parecía escucharnos.

—Espero no toparnos con ninguna de las órdenes —dije, rompiendo el silencio tras un rato—. Los Vigías del Alba, la Llama Silente y el Acero Pálido… si de verdad se reunieron aquí, significa que algo grande está ocurriendo.

—O algo peligroso —añadió Miya.

Asentí.

—Exploradores, magos y caballeros… tres órdenes que rara vez cooperan. Si lo hacen, no están cazando cualquier cosa.

El capitán bajó la voz.

—He oído rumores, mi lady. Algunos dicen que el bosque guarda algo antiguo, un eco de magia bastante antigua. Otros… que las bestias se están volviendo más agresivas, más inteligentes.

—Los rumores siempre tienen algo de verdad —respondí, intentando sonar serena, aunque mi pulso se aceleraba—. Pero sea lo que sea, no estamos aquí para investigarlo. Nuestra prioridad es mi hermano.

—Sí, mi lady.

Miya suspiró, ajustándose los guantes.

—Su padre no se equivocó al enviarle una escolta tan grande. No me gusta la cantidad de coincidencias que rodean todo esto.

—¿Coincidencias? —pregunté.

—Tres órdenes reunidas. Actividad mágica en aumento. Y su hermano moviéndose por esta región hace poco. No creo que sea casualidad.

Guardé silencio, observando los rayos de luz filtrarse entre las copas de los árboles.

Algo en el aire vibraba, como si el maná del bosque estuviera vivo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—No sé por qué —dije al fin, casi en un susurro—, pero siento que estamos entrando en el corazón de algo más grande de lo que imaginamos.

Miya me miró de reojo.

—¿Tienes miedo?

—No. —Negué con la cabeza—. Pero estoy intranquila. No es lo mismo.

Ella sonrió apenas.

—Esa intranquilidad te mantendrá viva.

El capitán levantó una mano.

—¡Mi lady, atención! —su tono cambió a alerta.

Todos se detuvieron. Los caballos resoplaron.

Un viento helado se coló entre los árboles, levantando hojas secas.

Las capas se agitaron. Los hombres miraron alrededor con las manos en las empuñaduras.

—¿Qué fue eso? —preguntó uno de los soldados.

—Un cambio de presión mágica —respondió Miya, tensa—. Lo sentí.

Yo también lo había sentido. Una punzada en el pecho, un eco distante… como si el bosque hubiese exhalado y nos hubiese reconocido.

—Sigan avanzando —dije, firme, aunque mi voz sonó más baja de lo que quería—. Si algo nos está observando, que sepa que no tenemos miedo.

El capitán asintió y reanudó la marcha.

Mientras avanzábamos más profundo, el aire se volvió más pesado, más expectante.

Como si el bosque… esperara algo.

O a alguien.

***

Apenas habían pasado dos horas desde que cruzamos los límites del bosque, pero sentía como si lleváramos días dentro.

La distancia recorrida era corta… demasiado corta. Sin embargo, ya habíamos tenido que enfrentar varias bestias.

No eran especialmente peligrosas, pero sí numerosas, agresivas… casi desesperadas.

El aire olía a hierro y savia, y el suelo estaba cubierto de escarcha.

Frente a mí, el último círculo mágico se desvaneció en una lluvia de motas azules mientras la criatura que me había saltado encima quedaba inmóvil, congelada a medio rugido.

Su cuerpo se quebró al caer, dejando un eco seco que resonó entre los árboles.

—Eso fue el último —dijo Miya, acercándose con su lanza al hombro, cubierta de sangre ennegrecida—. No pensé que tan cerca de la entrada ya estuvieran tan inquietas.

—Ni yo —respondí, bajando el brazo lentamente. El guantelete emitía aún un leve brillo helado.

Los soldados estaban dispersos por el claro, respirando con dificultad. Algunos se sostenían de las rodillas; otros revisaban las armas rotas o los escudos agrietados.

El capitán daba órdenes rápidas para reorganizar la formación, pero su voz sonaba tensa.

Me acerqué a los heridos. Las heridas eran menores, rasguños de garras, cortes poco profundos. Aun así, no podía dejarlos así.

Extendí la mano hacia uno de ellos y el aire a mi alrededor bajó unos grados. Un fino vaho azul cubrió su brazo herido, sellando la piel con un brillo cristalino que se desvaneció en segundos.

El soldado parpadeó, asombrado.

—Mi lady… su magia…

—No hables —dije suavemente—. Solo respira.

Fui avanzando entre ellos, repitiendo el mismo gesto. Pequeños destellos de escarcha iluminaban el suelo mientras el maná se disipaba con cada hechizo.

Sentía el cansancio acumulándose bajo la piel, como si mi cuerpo se enfriara desde dentro, pero seguí.

La magia curativa de hielo…

Era un don raro, uno que, según mis padres, solo una docena de miembros de la familia Vyrenthal habían heredado a lo largo de los siglos.

Y en esta generación… fui la única.

Mi madre decía que era un signo de equilibrio: destrucción y sanación en una misma corriente.

Pero a veces sentía que lo hacía mal, que el hielo no obedecía del todo, que algo en mí temblaba cuando lo usaba para sanar en lugar de congelar.

—Eso fue impresionante, mi lady —dijo el capitán, limpiándose el sudor de la frente mientras veía cómo los hombres se recuperaban—. Nunca había visto magia de hielo usada así.

—No es perfecta —respondí, flexionando los dedos para disipar el entumecimiento—. Pero sirve.

Miya, mientras tanto, arrastraba los cadáveres de las bestias fuera del camino.

El suelo crujía bajo su peso. Las criaturas estaban cubiertas de escarcha, algunas empaladas por lanzas o estalagmitas de hielo que había conjurado sin pensar.

El aire se llenó de un brillo azulado mientras ella lanzaba una mirada hacia mí.

—Deberíamos seguir antes de que el olor atraiga a más —dijo con tono práctico, aunque sus ojos me examinaron con detenimiento—. ¿Tienes suficiente energía?

—Sí. —Mentí con un leve asentimiento—. No fueron tantas.

Ella arqueó una ceja.

—"No tantas", dice, mientras el suelo parece un campo de hielo.

Solté un suspiro y monté de nuevo mi caballo.

—Si me detengo, pensaré demasiado. Mejor sigamos.

El capitán asintió, ordenando al grupo avanzar. Los hombres obedecieron, aunque las miradas nerviosas hacia los árboles eran imposibles de ocultar.

Cuando reanudamos la marcha, miré hacia atrás.

Las bestias muertas permanecían inmóviles, cubiertas por la escarcha que dejé atrás.

Una ligera nevada artificial cayó sobre ellas cuando el viento volvió a soplar, y por un instante, el bosque pareció completamente quieto… pero no en paz.

Miya montó a mi lado, con la lanza descansando en su hombro.

—Joven Duquesa —dijo, sin rodeos.

—¿Sientes eso?

—Sí —respondí, sin dudar.

Una corriente de maná, débil pero constante, atravesaba el aire como un pulso lejano.

Miya giró la cabeza lentamente hacia mí, con una sonrisa amarga.

—O que nos separemos —dijo.

Y por primera vez desde que entramos al bosque… no supe qué responder.

**

Cabalgamos un día entero más.

Nada sucedió.

Y, de algún modo, eso era lo que más me inquietaba.

El bosque seguía siendo el mismo: inmenso, silencioso y cubierto por una penumbra que parecía eterna. Los árboles se alzaban tan alto que sus ramas se entrelazaban sobre nuestras cabezas, formando una bóveda verde oscura que apenas dejaba pasar la luz. El aire era húmedo, casi pegajoso, y olía a tierra vieja y savia.

Pero el silencio...

El silencio era demasiado perfecto.

—Esto es… raro —dijo Miya al fin, rompiendo el murmullo de los cascos—. Ayer tuvimos una emboscada apenas entramos, y hoy no hay ni un sonido. Ni una bestia, ni un insecto, nada.

—Tal vez nos estén evitando —respondí, ajustando las riendas de mi caballo—. O tal vez… nos estén observando.

El capitán, que iba unos metros adelante, giró la cabeza.

—He enviado exploradores a ambos flancos. No han reportado nada fuera de lo normal.

—¿Y qué sería "normal" aquí? —preguntó Miya con sarcasmo.

El hombre sonrió con cansancio. —Tocar madera y rezar para no saberlo, mi lady.

No respondí. Solo seguí cabalgando.

El bosque había cambiado sutilmente desde la última vez que detuvimos la marcha: los troncos eran más gruesos, las raíces más visibles, los senderos más estrechos. A los lados del camino empezamos a ver vida, sí, pero no como la esperábamos.

Pequeños animales —ciervos, zorros, incluso un oso joven— corrían de un lado a otro entre los árboles, nerviosos, como si huyeran de algo invisible. Ninguno se acercaba demasiado. Ni siquiera parecían darse cuenta de nosotros; simplemente… escapaban.

—Bestias indefensas —murmuró Miya, observando cómo un par de liebres pasaban a toda velocidad cerca de los cascos—. Eso no es buena señal. Cuando los depredadores huyen, algo más grande se mueve.

El capitán bajó la vista al suelo. —El bosque está demasiado quieto. Los animales deberían evitar nuestra presencia, no pasar tan cerca.

Asentí lentamente, observando el camino frente a nosotros.

La tierra comenzaba a inclinarse, transformándose en una pendiente irregular cubierta de raíces, piedras y troncos caídos. Era una zona rocosa y boscosa, el tipo de terreno que te obligaba a reducir la marcha y mantener los ojos abiertos.

—A partir de aquí será más lento —dije, consultando el mapa que llevaba enrollado en el antebrazo—. Si seguimos por esta senda, bordearemos la base de las colinas del norte y saldremos al claro de Lymarion antes del atardecer.

—¿Y si algo nos interrumpe? —preguntó Miya con una sonrisa ladeada.

—Entonces improvisaremos —respondí con calma, aunque sabía que no era una broma.

El capitán levantó la mano para dar la señal.

—¡Formaciones cerradas! Los escuderos adelante, caballería detrás. Nadie se separe del grupo.

Los cascos golpearon el suelo rocoso, haciendo eco entre los árboles.

Cada paso resonaba con un tono apagado, como si la tierra misma absorbiera el sonido.

Miya y yo avanzamos al frente, apenas unos metros detrás del capitán.

El viento se había detenido otra vez; ni una hoja se movía. Solo los suspiros de los caballos y el tintineo del metal llenaban el aire.

—¿Sabes? —dijo Miya en voz baja—. Esto se siente como si estuviéramos dentro de algo… no solo cruzándolo.

—Lo sé —respondí, apretando los labios—. El bosque tiene demasiadas capas. Cada una se siente más… viva que la anterior.

Ella me miró de reojo.

—"Viva" no es la palabra que usaría.

Solté un pequeño suspiro y miré hacia las alturas, donde los árboles se curvaban tanto que sus copas parecían tocarse, sellando el cielo.

—No bajes la guardia, Miya. Algo me dice que esta calma no va a durar.

—No la bajo nunca, Sivelle —dijo, ajustando su lanza y mirando el sendero que se abría frente a nosotras—. Pero te voy a decir algo… prefiero las batallas ruidosas a los silencios que te miran.

No supe si reír o estar de acuerdo.

El silencio del bosque pesaba más con cada metro que avanzábamos.

****

[Eiren]

Un día.

Había pasado apenas un día desde que cruzamos los primeros árboles del bosque del Este… y ya parecía que llevábamos semanas dentro.

La humedad se pegaba a la piel, el aire olía a corteza vieja y el suelo se hundía con cada paso de los caballos. No había caminos rectos, solo senderos que parecían moverse por cuenta propia, obligándonos a serpentear entre raíces del tamaño de muros.

Y, por supuesto, las bestias.

No habíamos avanzado ni medio día cuando las primeras salieron de entre los arbustos: enormes, con piel gris y ojos rojos como brasas. No eran inteligentes, pero sí rápidas. Su rugido hizo temblar los cascos de los caballos.

No fue difícil eliminarlas… solo molesto.

Una ráfaga helada bastó para congelar al grupo que intentó flanquearnos por la izquierda, mientras Keny y Kyle incineraban al resto.

—Eso fue lo último, creo —dijo Kyle, girando su lanza envuelta en fuego—. No quedó nada vivo.

—Tienes una forma curiosa de confirmar eso —respondí, bajando la mano mientras el último trozo de hielo se deshacía en vapor—. Nunca digas "no quedó nada vivo" en voz alta. Es tentar al bosque.

Keny soltó una carcajada áspera.

—O tentar a tu suerte, que es peor.

—¿Insinúas algo? —le lancé una mirada burlona.

—Solo que la última vez que dijiste "esto ya terminó" casi nos cae un ogro encima.

—Ese ogro cayó sobre ti, si mal no recuerdo.

—¡Porque tú te moviste! —replicó, apuntándome con el dedo.

Antes de poder responder, una voz más suave pero no menos firme los interrumpió:

—¿Van a seguir discutiendo o puedo bajarme del carruaje sin miedo a morir congelada o quemada?

Era Maylen, asomando la cabeza desde el carruaje del marqués, con el cabello negro despeinado y una expresión entre fastidio y miedo. A su lado, Cloe miraba desde la ventana, abrazando un pequeño libró que parecía demasiado pesado para ella.

—Estamos bien —le aseguré, sacudiendo la escarcha de mis guantes—. Pueden salir a estirar las piernas un poco.

—¿"Estamos bien"? —repitió el marqués Shtile —. Yo escuché rugidos, explosiones y sentí el suelo temblar. Si eso es "estar bien", preferiría estar en peligro.

—Vamos, marqués, no exagere —dijo Kyle, sonriendo con el descaro típico de un soldado veterano—. Su ahijado congeló la mitad del bosque antes de que una bestia siquiera nos tocara.

El marqués me lanzó una mirada entre orgullo y preocupación.

—Lo cual es precisamente lo que me asusta. Esa cantidad de maná… no es normal, muchacho.

Me encogí de hombros. —No es algo que pueda controlar del todo, pero por ahora nos mantiene vivos.

Keny bufó. —Y nos da un espectáculo, eso seguro.

—Al menos sirve de algo —añadí, y luego giré hacia Maylen—. ¿Usaste tu magia esta vez?

Ella cruzó los brazos. —Intenté ayudar, pero cuando conjuré el hechizo de viento… derribé un árbol.

—¿Sobre una bestia?

—No. Sobre el carruaje.

Kyle soltó una carcajada tan fuerte que incluso Cloe se rió tímidamente.

—Es un progreso —dije, sonriendo—. Antes solo lograbas levantar polvo.

—Qué alentador —replicó Maylen, rodando los ojos.

Mientras hablábamos, los soldados del marqués y los míos revisaban los alrededores. Algunos arrastraban los cuerpos de las bestias para quemarlos, otros aseguraban las riendas de los caballos. No había bajas, solo heridas menores. A pesar del cansancio, el grupo se mantenía unido, confiado.

—Aún me cuesta creer que este bosque sea tan grande —comentó el marqués, mirando hacia las alturas.

Las ramas se entrelazaban tan densamente que apenas dejaban pasar la luz, creando un techo verde y dorado.

—Lo es —respondió Keny—. Tardaremos una semana en cruzarlo si todo sale bien.

—¿Una semana? —repitió Cloe, con los ojos bien abiertos.

Asentí. —Keny dice que los caminos no son rectos, hay zonas donde debemos rodear riscos o cruzar raíces enormes. Pero es mejor eso que bordearlo entero. Si lo rodeáramos, tardaríamos dos meses.

El marqués se llevó la mano a la frente. —¿Dos meses? Eso abarca medio continente.

—No, mi lord —dijo Keny, sonriendo—. Solo abarca medio de sus pesadillas. El problema no es el tamaño, sino el acceso. Hay zonas con grietas, túneles subterráneos y bestias territoriales.

Kyle agregó: —Y aun así, este es el camino "seguro".

—"Seguro" —repitió Maylen en tono burlón—. La palabra pierde sentido cuando la dice alguien que disfruta quemar cosas.

—¿Prefieres congelarlas? —le respondí con una sonrisa traviesa.

—Prefiero no morirme, si se puede —contestó, encogiéndose de hombros.

El marqués soltó un suspiro largo, apoyando su bastón en el suelo cubierto de hojas. —Debería haberme quedado en la ciudad del Este.

—Sí, pero entonces ¿quién firmaría los papeles del patrocinio? —pregunté.

—Un asistente. Un escriba. Cualquiera que no esté cabalgando hacia su muerte.

Keny rió. —No se preocupe. Si algo intenta comérnoslos, Eiren hará hielo suficiente para que lo usemos de puente y escapemos.

—Muy graciosa —dije, sin poder evitar reír también.

El ambiente se alivianó por un momento. Incluso el bosque, con su silencio opresivo, parecía menos hostil cuando las risas llenaban el aire.

Retomamos el camino lentamente.

El marqués ahora iba montado sobre el caballo de Keny, quien descansaba dentro del carruaje, tomando el relevo cada cierto tramo para no desgastarse demasiado. La rutina de alternar caballos y carruajes nos permitió avanzar más o menos tranquilos, pero ya era mediodía y la sensación de que llevábamos semanas en el bosque seguía creciendo.

Los senderos se habían vuelto casi irreconocibles; la flora se extendía de manera agresiva, ramas y raíces cubriendo los caminos, zarzas colgando como tentáculos que rozaban los caballos y las ropas de los soldados. Cada tanto había que abrir paso con espadas o golpes de magia ligera, y aun así, la sensación de que el bosque nos observaba no desaparecía.

De repente, un olor penetrante, a podrido y descomposición, nos llegó antes de que viéramos la fuente. El hedor era tan intenso que algunos soldados se llevaron la mano a la nariz.

—¡Por todos los dioses…! —gritó un soldado del marqués y, sin poder contenerse, vomitó sobre el suelo húmedo del bosque.

—Mantengan la calma —ordené, apretando los dientes mientras avanzaba—. No sabemos qué causó esto todavía.

Avancé con el caballo un poco más, y lo que vi me heló la sangre. La claridad era suficiente para ver… cadáveres. Cientos de cadáveres de bestias, algunos mutilados de manera grotesca, como si les hubieran arrancado extremidades y torsos con fuerza, otros masticados, algunos apilados como si alguien hubiera tratado de formar torres con ellos. No era natural.

Sin dudarlo, levanté la mano y formé un círculo mágico en el aire. Recité la frase con precisión; el hielo brotó de mis dedos como un río congelado en cuestión de segundos, cubriendo los cuerpos y creando una barrera transparente. Pude verlos a través del hielo, y aunque la visión era horrible, al menos el olor se volvió soportable.

—Avancen —silbé, señalando a los soldados—. Con cuidado, pero no se detengan.

Keny me miró desde el carruaje y asintió. Sabía que no podía usar mi magia sobre los cuerpos en exceso, el gasto de energía era grande, pero era necesario.

Mientras avanzábamos, los soldados pasaban cerca de los cadáveres congelados, algunos murmurando entre sí, con expresiones de horror y sorpresa.

—No es normal… —susurró uno de los veteranos—. ¿Quién pudo hacer algo así?

—Y ¿por qué? —añadió otro, señalando un cuerpo parcialmente masticado—. Esto no parece un ataque de bestias…

El marqués suspiró, apoyándose en el lomo del caballo de Keny.

—Esto no es obra de magia normal… ni siquiera de bestias comunes.

Los soldados intercambiaron miradas, algunas llenas de miedo, otras de incredulidad. Incluso Keny se inclinó un poco para observar los cadáveres a través del hielo.

—Algo muy grande estuvo aquí —dijo en voz baja—. Y aún podría estarlo.

—Por eso avanzamos —añadí, bajando la mano y haciendo que el hielo se mantuviera solo como barrera—. Mantengan los ojos abiertos y las armas listas. Esto es solo un aviso… y no queremos ser los siguientes en la lista.

El grupo siguió avanzando lentamente, los caballos resoplando con cuidado sobre las raíces y hojas cubiertas de hielo. El bosque parecía más denso, más silencioso, como si respirara alrededor nuestro.

Y mientras pasábamos junto a los cadáveres, un escalofrío recorrió mi espalda. No era solo el bosque ni la magia. Había algo más allí dentro, algo que había dejado esa carnicería… y nos estaba esperando.

—No me gusta esto —susurró Keny detrás de mí—. No un poco… esto me hace sentir que no somos bienvenidos aquí.

—No lo somos —respondí, en voz baja, mientras cabalgaba entre los árboles—. Pero no estamos aquí para pedir permiso.

El bosque nos envolvía, oscuro, silencioso, y la sensación de que algo nos observaba no hacía más que crecer con cada paso.

***

Cabalgar por la tarde nos llevó a un desastre total. Los árboles caídos, arañados, quemados y cubiertos de tierra formaban un paisaje desolador; los caminos parecían borrados y mezclados con ramas y hojas secas. Cadáveres de bestias yacían por doquier, pero esta vez, sus cortes eran limpios, menos grotescos que los que habíamos visto al entrar al bosque.

Uno de los soldados de Keny se adelantó un poco, señalando hacia la izquierda:

—Mi señor… ¡miren esto!

Avance con cautela y encontramos una huella enorme en el suelo. Era tan grande que, comparándola con Cloe, parecía que la niña podría caber dentro de ella. La sangre negra regada en la tierra tenía un olor penetrante, aunque no tan intenso como el hedor que habíamos sentido antes.

—¿Qué es eso? —preguntó Cloe, señalando detrás de un árbol, con la voz temblorosa.

Me giré hacia Keny de inmediato:

—¡Cubre los ojos de Cloe! —grité.

Ella reaccionó al instante, tapándole los ojos con sus manos.

Un soldado del marqués se acercó, inspeccionando el árbol.

—Es un cadáver humano… —dijo, su voz temblando ligeramente—. No está en un estado reconocible.

Me acerqué, y Kyle me siguió junto con los capitanes. Entre la sangre y la tierra, pude distinguir restos de ropas caras. Un pequeño botón de oro sobresalía de lo que parecía ser una camisa elegante. Kyle se agachó, recogiendo algo del suelo.

—Hay alguien más aquí —dijo, sosteniendo un pequeño objeto de plata con un grabado—. No logro reconocerlo, pero… miren esto.

Mostró el emblema: un sol con un ojo en medio.

El marqués lo vio y frunció el ceño.

—Es… el emblema de Los Vigías del Alba. —Su voz sonó grave—. Si esa orden está aquí, significa que están investigando algo. Son expertos en exploración y detección mágica. Y si están aquí, hay algo muy grande sucediendo.

Un quejido interrumpió la conversación. Los soldados se tensaron, protegiendo el carruaje. Kyle instintivamente sacó su lanza y yo conjure mis dagas de hielo, susurrando a todos:

—Nadie se mueva.

Avancé lentamente hacia los árboles, atento al sonido. Otro quejido y una tos lo hizo rodear el árbol y lo que vi me dejó rígido.

Un hombre, ensangrentado y sin un brazo, estaba allí. Su pierna izquierda estaba abierta por la mitad y el ojo izquierdo sangraba.

—¡Aléjense! —dijo, su voz débil—. No me salvarán, pero deben huir… del bosque. Es peligroso.

—¿Quién eres? —preguntó Kyle, acercándose con cuidado.

—Pertenezco a la Llama Silente —susurró entre tos y gemidos—. Mi orden, junto con Los Vigías del Alba y el Acero Pálido… entramos aquí hace semanas para investigar una anomalía. Bestias más grandes, más inteligentes, más feroces aparecieron de repente.

—¿Qué ocurrió? —pregunté, avanzando un poco más—. ¿Por qué hay tanta destrucción?

El hombre gimió y trató de incorporarse un poco, apoyándose en el árbol.

—No estábamos solos… —dijo—. Alguien las controlaba. Una mujer vestida de negro, peligrosa, poderosa. Parecía inyectar fuerza a las bestias, hasta que… incluso se atacaban entre sí. Dijo que su experimento fallo… se fue. No sé si fue por los demás de las órdenes que quedaron atrás.

Sacó algo de su capa con esfuerzo: una carta y un collar. Sus manos temblaban mientras me los ofrecía.

—Si… si salen de aquí… y se dirigen a la capital… —dijo con voz débil—. Por favor, lleven esto a mi orden. Ellos… se encargarán de dárselo a mi familia… solo les pido eso.

Luego, con un último esfuerzo, su mano cerró el ojo sano, y retiró el emblema de su pecho antes de dejar de respirar.

Kyle lo observó en silencio, mirando los restos del hombre. Yo me incliné, recogiendo el collar y la carta con cuidado, mientras Keny bajaba las manos de Cloe, que temblaba detrás de la lona protectora.

—Esto… esto es serio —dijo el marqués, bajando la cabeza—. No son solo bestias… alguien las está manipulando.

—Y si las órdenes vinieron aquí, significa que no sabemos ni la mitad de lo que enfrentamos —dije, ajustando mi agarre en las dagas de hielo—. Esto solo se pone más peligroso.

El bosque parecía más silencioso de lo habitual, como si la muerte del hombre hubiera absorbido hasta el más mínimo susurro de vida. Pero el peligro no había desaparecido; solo se había hecho más claro.

—Debemos avanzar —susurró Keny—. No sabemos qué más nos espera… ni cuánto tiempo tenemos antes de encontrar algo peor.

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