El inicio del año escolar se acercaba, y Severus Snape iba y venía constantemente de Spinner's End a Hogwarts. Su tiempo estaba completamente ocupado actualizando el diseño curricular de Pociones para el nuevo curso, revisando programas, ajustando contenidos avanzados y preparando nuevas evaluaciones.
Ese día, mientras trabajaba en la sala de profesores, una figura translúcida atravesó la pared con su habitual elegancia espectral.
Era Nick Casi Decapitado.
—Profesor Snape —dijo con su voz etérea—, el profesor Dumbledore solicita su presencia en su oficina.
Severus levantó la mirada de sus pergaminos, visiblemente irritado por la interrupción.
—¿A qué hora? —preguntó con tono seco.
—El profesor considera que a partir de las tres de la tarde estará bien —respondió Nick con una leve inclinación de cabeza.
—Entiendo —respondió Severus, volviendo a sus documentos.
Nick Casi Decapitado atravesó nuevamente la pared y desapareció en el pasillo. En la sala de profesores, el ambiente volvió a la normalidad: cada docente estaba concentrado en actualizar sus propios planes de clase, algunos murmurando entre ellos, otros sumidos en montañas de pergaminos.
Snape, sin embargo, ya sabía que aquella reunión con Dumbledore no sería trivial.
Horas después, Severus Snape subía por las escaleras hacia la oficina del director. Al pronunciar la contraseña, la gárgola de piedra se apartó y reveló la escalera en espiral que conducía directamente al despacho de Dumbledore.
Por respeto —o por costumbre—, tocó la puerta.
—Adelante —respondió una voz tranquila.
Al abrir, encontró a Albus Dumbledore sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas, como si lo hubiera estado esperando desde hacía horas.
—Buenas tardes, Severus —saludó cordialmente.
—¿Qué sucede, Albus? —preguntó Snape con tono seco y contenido.
—Quería hablar contigo sobre el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Snape entrecerró los ojos.
—¿A quién ha contratado nuestro "genio" director esta vez? El último dejó mucho que desear. Y eso que te advertí sobre Lockhart.
—En esta ocasión, no debes preocuparte —respondió Dumbledore con calma—. Tiene excelentes referencias de la mayoría de jefes de casa, fue un antiguo estudiante de Hogwarts y… sobre todo, lo conoces.
—¿Lo conozco? —repitió Snape, frunciendo el ceño.
Dumbledore suspiró, sabiendo perfectamente cuál sería la reacción.
—Sí. Es Remus Lupin.
El rostro de Snape pasó de la fría ironía al odio abierto.
—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes permitir que ese sujeto regrese? Es un peligro para los estudiantes. Y para mí no es solo eso. Recuerda quiénes eran sus amigos.
Apretó los puños, conteniendo una explosión más violenta.
—Sé a qué te refieres —dijo Dumbledore con voz serena—, pero Lupin no nos traicionará. Confío en él… del mismo modo que confío en ti, Severus. En cuanto a su condición, ya he tomado medidas. Damocles Belby ha desarrollado una nueva poción y ha accedido a compartir la receta para que nuestro profesor de Pociones pueda mejorarla.
Dumbledore lo miró con un leve brillo divertido, esperando que el reto profesional desviara su furia.
—¿Y quieres que le proporcione esa poción gratis a Lupin? —resopló Snape.
—Por supuesto que no. Los materiales y tu tiempo serán recompensados generosamente. Además, si ocurre algo extraño en Hogwarts, ya sabrás por dónde empezar a buscar —añadió Dumbledore con un tono calculadamente ambiguo.
Snape comprendió que discutir era inútil. Ahora entendía por qué Minerva y Flitwick no habían dicho nada: la decisión ya estaba tomada.
—Si hace alguna estupidez, no me quedaré callado, Albus —amenazó.
—Lo sé, Severus. No habrá problema.
Dumbledore sonrió levemente.
—Y, por cierto… he oído que eres padre. Felicidades. Me han dicho que es una niña adorable: Anya Snape.
La expresión de Snape se tensó.
Sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y cerró la puerta de un portazo.
Severus Snape caminaba por los pasillos de piedra con pasos largos y silenciosos, pero su mente era un torbellino.
Lupin… Remus Lupin.
El nombre le sabía a óxido y humillación.
El amable prefecto. El estudiante modelo. El maldito "buen chico" que siempre miraba hacia otro lado cuando Potter y Black convertían su existencia en un infierno.
Nunca alzaste la voz, nunca los detuviste.
No era un atacante directo como Black, ni un imbécil arrogante como Potter, ni un cobarde como Pettigrew.
Lupin era peor.
Era el espectador silencioso.
El que sabía que estaba mal… y aun así reía con ellos e incluso participaba todo para que no ganara.
Snape recordó las risas en los pasillos, las burlas, los hechizos lanzados por la espalda. Recordó el día en que casi lo matan por "una broma".
Si no fuera por Albus…
Sus labios se curvaron con desprecio.
Un hombre que no puede controlar su propia naturaleza no merece enseñar a otros a defenderse.
Y aun así, Dumbledore confiaba en él.
Siempre confiaba en los Merodeadores.
Su mano se cerró en un puño dentro de la túnica.
Pero ahora las cosas son distintas.
Pensó en Leon. Mi hijo estará en este castillo.
Y Lupin estaría aquí.
Un hombre que perdía el control una vez al mes.
Un hombre que había sido parte de los que lo destruyeron.
No permitiré que se acerque a Leon.
Si Lupin cometía el más mínimo error…
Si mostraba la menor señal de amenaza…
Snape no dudaría.
Podía odiar a los Merodeadores, pero odiaba aún más perder a quienes le pertenecían.
Snape decidió regresar a Spinner's End para intentar relajarse.
Todo aquello —Anya, Leon, la vigilancia constante, las expectativas silenciosas de Dumbledore— lo tenía al borde del agotamiento. Para colmo, Dumbledore había insinuado, con su habitual tono amable y peligroso, que sería conveniente que ayudara a Lupin aquel año.
Pero Severus estaba demasiado sumido en sus pensamientos para prestar atención al mundo que lo rodeaba.
—Padre.
—Padre.
—Padre.
La tercera vez fue más insistente.
Snape levantó la vista bruscamente y se encontró con León frente a él, brazos cruzados, ceja levantada con una expresión que recordaba demasiado a la desaprobación adulta para alguien de su edad.
—¿Qué sucede? —preguntó Snape, con voz cansada.
—Ya sabes que el año escolar está por comenzar —dijo León.
—Lo sé. Recuerda que soy jefe de casa —respondió Snape con sarcasmo.
—Sí, pero Anya tiene que ir a la escuela muggle —continuó León—. Y aún no sabemos dónde se quedará ni quién la cuidará.
La mente de Snape se quedó en blanco.
Lo había olvidado.
Anya no podía entrar a Hogwarts. Las protecciones del castillo no solo rechazaban a los muggles: los mantenían fuera de forma activa. Hogwarts jamás sería su escuela.
León notó la vacilación. Lo supo al instante. Miró de reojo a su hermana, distraída frente al televisor, completamente ajena a la conversación, y decidió no decir nada más.
—No te preocupes —dijo Snape finalmente—. Lo tengo cubierto.
—Claro, padre —respondió León con una sonrisa tranquila—. Sé que no lo olvidaste.
Snape no contestó.
A la mañana siguiente salió temprano, vestido con ropa muggle impecable: abrigo oscuro, camisa bien planchada, expresión severa. Llevaba bajo el brazo los papeles de Anya.
Al llegar a la escuela donde ella había estudiado el año anterior, se encontró con una fila interminable de padres. Con resignación, se colocó al final.
Dos horas después, un miembro del personal salió con un megáfono.
—¡Ya no hay vacantes!
Las quejas estallaron de inmediato. Snape no dijo nada. Se dio media vuelta y se marchó.
Visitó una escuela más. Luego otra.
El resultado fue el mismo.
Su mente comenzó a correr con la precisión de una poción mal calculada. Las escuelas públicas estaban llenas. La única opción viable eran los colegios privados… y los más caros.
Snape revisó la lista una vez más y eligió el más cercano. No por conveniencia, sino por necesidad. Usó el Autobús Noctámbulo y apareció frente a un edificio grande, antiguo, de ladrillos oscuros y rejas bien cuidadas.
Levantó la vista hacia el letrero.
Smeltings Academy.
Un colegio privado. Antiguo. Caro. Pretencioso.
Justo el tipo de lugar donde enviarían a los hijos de políticos, banqueros y otros idiotas con demasiado dinero y poco cerebro.
Apretó los documentos de Anya con fuerza.
No le agradaba la idea de exponerla a un entorno lleno de niños arrogantes, pero tampoco podía dejarla sin educación.
Además, será más seguro que un colegio público lleno de muggles entrometidos.
Avanzó por el camino de grava, mientras estudiantes con uniformes impecables lo miraban con curiosidad. Su cabello negro largo, su porte severo y su ropa oscura lo hacían parecer un director de funeraria… o algo peor.
Un hombre con bigote perfectamente recortado y traje gris salió del edificio principal.
—Buenos días, señor…
Aprovechando que no habia nadia, Snape con un rápido movimiento de su varita lanzo un hechizo.
—Buenos días, señor… ¿Snape? —leyó en el registro con voz nasal—. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Quiero hablar con el director exigió Snape.
—el hombre con la mirada perdida un momento solo pudo decir "sígame".
Ambos caminaron por unos 10 minutos hasta llegar a una lujosa oficina.
"Espere un momento Sr. Snape, avisare al director" dijo el señor quien abandonaba la oficina.
Snape miraba la ordenada y limpia la oficina, y sobre el escritorio donde destacaba una placa de director con respectivo nombre.
"Paul Kenneth Keller"
Al entrar ambos hombres, Snape que ya estaba cansado de esperar simplemente dijo.
—Busco una vacante para mi hija —respondió Severus con frialdad—. Transferencia inmediata.
El director Kenneth levantó una ceja.
—Lamento informarle que nuestras vacantes son extremadamente limitadas. Smeltings no acepta a cualquiera. Requerimos… recomendaciones, historial impecable, entrevistas, además de que ofrecemos la opción de internado, puede dejar a su hijo durante la semana de clase y recogerlo solo los fines de semana o cuando acabe el año ecolar—
Snape lo miró fijamente.
—Tiene seis años. No posee antecedentes criminales.
El director tosió incómodo.
—Por supuesto, pero… también evaluamos a los padres.
Snape entrecerró los ojos.
—Entonces evalúeme.
El hombre sintió un escalofrío inexplicable.
—B-bien, por aquí, por favor.
Lo condujo a una oficina elegante. Retratos de antiguos directores colgaban en las paredes, todos con expresión severa y bigotes ridículos.
—Su hija es… Anya Snape, ¿correcto?
—Correcto.
—¿Profesión?
Snape dudó una fracción de segundo.
—Botanico.
—¿En qué institución?
—Hogwarts.
El director estaba confunfido, nunca habia escuchado ese nombre, además de que al observar bien a Snape observa que la ropa que usa no es de marca, es….
"confundo" dijo Snape para despues guardar su varita.
—Bien, necesitamos una donación inicial para el fondo de excelencia académica. cuarenta mil libras.
Snape ni parpadeó.
—¿Efectivo o transferencia?
El director casi sonrió.
Minutos después, mientras firmaban documentos, el hombre se aclaró la garganta.
—Debo advertirle algo, señor Snape. Smeltings forma líderes. Niños con carácter fuerte. Algunos… muy fuertes.
—Perfecto —respondió Snape con voz baja—. Mi hija también lo es.
En ese instante, su mente recordó a Anya persiguiendo pavos reales, riéndose mientras Draco bailaba bajo Tarantallegra, y mirándolo con esa sonrisa brillante cuando él le leía cuentos.
Si algún niño se atreve a tocarla…
Su expresión se volvió peligrosamente serena.
Spinner's End, esa tarde
Anya estaba viendo televisión mientras León leía un libro de pociones avanzadas. Cuando Snape entró, ambos lo miraron expectantes.
—¿Conseguiste escuela, papá? —preguntó Anya, saltando del sofá.
Snape se quitó el abrigo lentamente.
—Sí.
Anya levantó los brazos como si hubiera ganado una guerra.
—¡Genial! ¿Cómo se llama? ¿Tiene castillo? ¿Tiene fantasmas? ¿Tiene dulces?
—No —respondió Severus con absoluta seriedad—. Es una escuela muggle.
Anya se quedó congelada.
—… ¿No hay magia?
—No.
—¿Ni fantasmas?
—No.
—¿Ni dragones?
—Definitivamente no.
Anya miró a León, horrorizada.
—Hermano, ¿sobreviviré?
León sonrió.
—Lo harás. Eres la gran detective Anya.
Snape suspiró.
—Pero es una buena escuela. Y estarás segura, dormiras en los dormitorios y los fines de semana pasaremos por ti.
Anya lo miró en silencio, luego sonrió y corrió a abrazarlo.
—¡Entonces Anya será la reina de esa escuela y los fines de seman estaremos juntos! grito Anya
Snape se quedó rígido, pero apoyó una mano en su cabeza.
—Solo… intenta no conquistarla en el primer día.
