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Chapter 46 - Mansion Malfoy I

Al día siguiente, Severus, León y Anya estaban reunidos en la sala.

Severus se encontraba de pie, hablándoles con seriedad a sus hijos.

—Este fin de semana iremos a visitar a los Malfoy, pero antes deben aprender algo de etiqueta básica —dijo en un tono formal.

—¿Etiqueta? —preguntó Anya, confundida.

—Solo se refiere a saludar con una reverencia —respondió León.

Severus suspiró, pensando que aquello sería más difícil de lo esperado. Se levantó del sillón y se colocó frente a ellos.

—Para saludar, deben mostrar respeto. León, harás una inclinación de cabeza; Anya, una pequeña reverencia. Esperarán a que se les ofrezca la mano, si es que lo hacen. Usarán los títulos correctos, como "señor" o "señora", y mantendrán la conversación formal. Lo más importante es la cortesía —explicó Severus.

—Durante la conversación, eviten familiaridades —continuó—. No usen el nombre de pila ni hablen de su familia o su salud, a menos que se los pregunten directamente.

Severus hizo una demostración de cómo debía saludar León.

Anya aplaudió emocionada.

—¿Papá, y cómo lo haré yo?

León miró expectante a Severus, curioso por ver qué haría.

—Loki —dijo Snape secamente.

Loki apareció de inmediato e hizo una exagerada reverencia, inclinándose profundamente con el trapo que usaba como vestimenta.

León suspiró con decepción; ya se había imaginado a su padre haciendo la demostración para burlarse después.

—Ahora es su turno —ordenó Severus.

Anya y León se levantaron e intentaron repetir los saludos, pero cometían pequeños errores que Severus corregía con paciencia. Les tomó casi dos horas hacerlo correctamente.

Al verlos exhaustos, Severus habló:

—Tomaremos un descanso de tres horas.

—¡Qué bien, gracias, papá! —gritó Anya, quien salió corriendo hacia el sótano con el control remoto en la mano.

—¡Espérame, voy contigo! —dijo León, siguiéndola.

Severus solo los observó alejarse.

—Loki, prepara Bœuf Bourguignon, Foie Gras, Escargots de Bourgogne, Shepherd's Pie, Bangers and Mash y Custard —ordenó.

—De inmediato, maestro —respondió Loki.

Estos son casi todos los platos que suelen comer Lucius y Narcissa, pensó Severus.

En la cocina, Loki sudaba por la cantidad de platos que debía preparar, mientras Severus colocaba un mantel elegante y una gran cantidad de cubiertos en el comedor.

Tres horas después, Anya y León regresaron, encontrándose con Severus esperándolos.

—Muy bien, continuemos. Repitan el saludo —dijo Severus.

Ambos hicieron la reverencia sin cometer errores.

—Bien. No hay problemas con el saludo. Pasemos ahora a la mesa.

—Sí —respondieron al unísono.

—Para comer, concéntrense en los modales básicos —explicó Severus—: esperar al anfitrión para empezar, usar la servilleta sobre el regazo, mantener buena postura, codos cerca del cuerpo, usar los cubiertos de afuera hacia adentro y, sobre todo, masticar con la boca cerrada y no hablar con comida en la boca. Se trata de mostrar respeto y crear un ambiente agradable.

Severus se sentó y les mostró cómo usar los cubiertos.

—Se utilizan de afuera hacia adentro según el orden de los platos. Dejar los cubiertos cruzados puede indicar que no te gustó la comida, mientras que colocarlos paralelos señala que terminaste.

Anya aplaudió con entusiasmo.

León, en cambio, solo suspiró resignado.

Anya observaba la mesa con ojos brillantes. Había tantos cubiertos que parecía un acertijo imposible.

—Recuerden —dijo Severus con severidad—: servilleta en el regazo.

León obedeció de inmediato.

Anya también… pero la colocó cuidadosamente sobre su rodilla.

Severus parpadeó.

—Anya —dijo con voz peligrosa—. El regazo.

—Ah… —murmuró ella, quitándose la servilleta.

Minutos después, Loki sirvió el primer plato. Anya esperó pacientemente… exactamente tres segundos.

—Papá —susurró—. ¿Si no como ahora, la comida se entristece?

—No —respondió Severus—. Esperas al anfitrión.

Anya asintió muy seria.

Luego juntó las manos, inclinó la cabeza… y le hizo una pequeña reverencia al plato.

—Perdón por la espera —le dijo a la comida.

Severus cerró los ojos lentamente, respirando hondo.

Más tarde, mientras practicaban cómo sostener los cubiertos, Leon logró cortar un pequeño trozo… que salió disparado y aterrizó en el mantel.

—¡Oh no! —exclamó Anya

Antes de que Severus pudiera reaccionar, Anya levantó el tenedor y llevo el trozo de regreso a su plato

Severus se llevó dos dedos al puente de la nariz.

—Anya… —dijo con una mezcla de cansancio y resignación—. Si la comida cae fuera del plato, ya no lo regreses.

Ella lo miró con total seriedad.

Así pasaron los días.

Anya y León practicaron con esmero cada lección de etiqueta, repitiendo saludos, posturas y modales hasta que los errores fueron desapareciendo poco a poco.

Aunque Anya seguía teniendo pequeños deslices inevitables, su esfuerzo era sincero, y León mostraba una disciplina constante.

Para Severus, los resultados fueron más que satisfactorios.

No eran perfectos —ni lo esperaba—, pero estaban preparados.

Al día siguiente llegó la esperada visita a la mansión Malfoy.

Los tres se encontraban dentro de la chimenea, mientras que Severus se aseguraba de que Anya y León estuvieran bien sujetos a él.

—Mansión Malfoy —pronunció Snape con voz firme.

Las llamas verdes se elevaron al instante, envolviéndolos por completo. El mundo giró a su alrededor mientras el fuego los consumía, y en un parpadeo desaparecieron de Spinner's End, rumbo a su destino.

El viaje duró apenas unos minutos, pero cuando León llegó, lo que vio lo dejó impresionado.

Frente a él se extendía una sala amplia y elegante, ricamente decorada. A través de los grandes ventanales podía verse un extenso jardín cubierto de rosas, donde pavos reales caminaban libremente entre los senderos, como si fueran dueños del lugar.

Severus notó que no solo Anya observaba todo con curiosidad; León también recorría la estancia con la mirada, atento a cada detalle. Al darse cuenta, carraspeó suavemente para llamar su atención.

Ambos reaccionaron de inmediato y se recompusieron, descubriendo entonces que los tres Malfoy los observaban.

.Severus dio un paso al frente y realizó una inclinación de cabeza precisa.

—Lucius. Narcisa. Gracias por recibirnos en su hogar.

Narcisa respondió con una elegante reverencia, mientras Lucius se limitaba a asentir con gesto contenido.

León avanzó un paso, recordando cada instrucción. Inclinó la cabeza con respeto y habló con voz firme:

—Señor Malfoy. Señora Malfoy. Es un honor conocerlos.

Lucius entrecerró ligeramente los ojos, evaluándolo, mientras Narcisa sonreía con aprobación.

Anya dio un pequeño paso al frente. Tomó los bordes de su vestido e hizo una reverencia algo torpe, pero sincera.

—Mucho gusto, señor y señora Malfoy —dijo con una sonrisa tímida.

Por un instante, el silencio reinó en la sala.

—Qué bien educados —comentó Narcisa con suavidad—. Severus, hiciste un trabajo admirable.

—Era necesario —respondió Snape con sequedad.

Lucius observó a los niños una vez más antes de hablar:

—Bienvenidos a la Mansión Malfoy. Espero que esta visita sea… productiva.

Draco chasqueó la lengua con fastidio, cruzándose de brazos.

—Sí, bienvenidos —añadió, sin ocultar su tono altivo.

Lucius indicó con un gesto elegante los sillones frente a la chimenea.

—Tomemos asiento dijo Lucius.

Severus tomó asiento sin titubear, la espalda recta, el rostro impasible. León y Anya se sentaron a su lado, imitando su postura como podían.

—Debo admitirlo —continuó Lucius, cruzando las piernas— es sorprendente ver que te has convertido en padre, ya que siempre rechazabas que presentáramos a unas brujas de buen linaje.

—No, estaba interesado—respondió Severus con frialdad.

¿planeas convertirlo en tu sucesor?

León contuvo la respiración. Anya apretó el borde del sillón.

—No —respondió Snape sin dudar—. Planeo convertirlo en alguien que sobreviva.

Lucius soltó una risa breve, sin humor.

—Siempre tan… dramático.

Lucius entrelazó los dedos.

Narcisa en cambio observó a Anya, que balanceaba los pies en silencio.

—Es encantadora —dijo Narcisa

—Lo es —admitió Severus tras una breve pausa.

Lucius asintió lentamente.

La incomodidad quedó suspendida en el aire.

Mientras Lucius y Severus mantenían aquel intercambio cargado de silencios afilados, Narcisa desvió la atención con naturalidad. Se levantó con gracia y caminó hasta quedar frente a Anya, inclinándose ligeramente para quedar a su altura.

—Hola, querida —dijo con una sonrisa cálida—. Soy Narcisa Malfoy.

Bienvenida a nuestra casa.

Anya parpadeó, recordando las interminables horas de práctica.

Se puso de pie de inmediato, alisó su vestido con ambas manos y realizó una pequeña reverencia, casi perfecta… salvo porque inclinó demasiado la cabeza y perdió un poco el equilibrio.

—M-mucho gusto, señora Malfoy —dijo con entusiasmo—. Gracias por invitarnos a su castillo.

Narcisa dejó escapar una risa suave.

—No es un castillo, cariño… aunque a Draco le gustaría que lo fuera.

Draco bufó desde su sillón.

Anya levantó la mirada, fascinada.

—¿De verdad? Entonces cuando sea grande tendré uno más grande.

Lucius carraspeó.

Severus cerró los ojos un segundo, resignado.

Narcisa, en cambio, parecía encantada.

—Eres muy adorable —comentó—. Y muy educada.

¿Te gusta el jardín? Tenemos pavos reales… y rosas encantadas.

Los ojos de Anya brillaron.

—¡¿Pavos reales mágicos?! —exclamó sin pensar, llevándose ambas manos a la boca—.

Lo siento… —añadió enseguida, bajando la voz—. No debía gritar.

Narcisa le guiñó un ojo.

—Aquí puedes hacerlo un poco.

Anya se inclinó hacia ella, en tono conspirador.

—Mi papá dice que debo portarme como una dama… pero es muy difícil cuando todo es tan bonito.

Narcisa rió con genuina calidez.

—Lo entiendo perfectamente.

Luego posó la mirada en Severus.

—Severus… has hecho un buen trabajo.

Por un instante, Snape no supo cómo responder.

—No la malcríe demasiado —dijo al final—. Ya es bastante expresiva.

—Eso no es un defecto —respondió Narcisa con suavidad—. Es una virtud.

Anya tomó la mano de Narcisa sin pensarlo.

—¿Puedo ver el jardín después? Prometo no correr… mucho.

Narcisa apretó su mano con cariño.

—Por supuesto, querida.

—Padre, yo también quisiera ver el jardín —dijo León con calma, rompiendo el silencio.

Lucius lo observó con atención durante un segundo más de lo necesario. Sus dedos golpearon suavemente el bastón antes de asentir.

—Draco —dijo, sin alzar la voz.

El muchacho se incorporó de inmediato, aunque su expresión dejaba claro que no estaba entusiasmado.

—Iré —respondió con sequedad—. Alguien tiene que asegurarse de que no arranquen las rosas.

Anya frunció el ceño.

—Yo no arranco flores —protestó—. Solo las saludo.

Narcisa sonrió.

—Draco, acompáñanos —pidió con dulzura, aunque el tono no admitía discusión—. Sé un buen anfitrión.

Draco hizo una leve inclinación de cabeza.

—Sí, madre.

Lucius abrió la mano en dirección a las puertas de cristal que daban al exterior.

—El jardín está a su disposición.

Las puertas se abrieron solas, dejando entrar la luz del sol y el aroma de las rosas.

El jardín era amplio y perfectamente cuidado. Los setos formaban figuras elegantes, las rosas brillaban con un leve encanto y, más allá, varios pavos reales caminaban con altivez, desplegando sus colas de colores.

—Es enorme… —murmuró León, sincero.

—Claro que lo es —respondió Draco—. Es la Mansión Malfoy.

Anya se acercó a uno de los pavos reales, agachándose.

—Hola, señor pavo —susurró—. Tu cola parece un abanico de princesa.

Los pavos reales, que hasta ese momento se habían movido con la altivez propia de criaturas acostumbradas a ser admiradas, se detuvieron de golpe.

Sus plumas se crisparon.

En los ojos de Anya brilló algo… distinto.

No era malicia.

Era instinto.

Un brillo depredador, infantil y absolutamente decidido.

Los pavos reales lo sintieron.

Uno de ellos lanzó un chillido agudo y dio varios pasos atrás. Otro desplegó su cola como advertencia, pero incluso así retrocedió, como si supiera que aquello no iba a intimidar a la niña.

—Anya… —murmuró León—. Recuerda la etiqueta—

Demasiado tarde.

—¡PAVOOOOS! —gritó Anya con pura felicidad, olvidando por completo reverencias, modales y todo lo aprendido—. ¡Vengan aquíiiii!

Y salió corriendo.

Los pavos reales entraron en pánico.

Sus elegantes caminatas se transformaron en una retirada desordenada: alas agitándose, plumas cayendo, chillidos resonando por el jardín mientras huían en todas direcciones.

—¡Esperen! ¡Solo quiero tocarlos un poquito! —decía Anya, corriendo tras ellos con los brazos abiertos.

Narcisa se quedó congelada.

—¿QUÉ… ESTÁ… HACIENDO? —preguntó, horrorizado Draco.

—Eso —respondió León con resignación— es mi hermana olvidando que existe la etiqueta.

Uno de los pavos reales pasó tan cerca de Draco que casi le roza la túnica. Draco dio un salto hacia atrás con un grito indigno de un Malfoy.

Anya logró acercarse a uno, que tropezó con un arbusto. La niña se lanzó… y cayó de rodillas sobre el césped.

—¡Te tengo! —exclamó triunfante, abrazando… a la temerosa ave.

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