No era una historia larga la que Briar quería contarme. Era más bien como un cuento para niños donde un tipo y una chica caminaban a mitad del bosque comiendo y durmiendo. Ambos hablaban como buenos amigos; se peleaban como buenos amigos; vivían como buenos amigos… Esa historia era demasiado infantil, pero tenía sentido, es ella quien contaba la historia.
Aunque yo recuerdo esa historia de una forma muy diferente.
Cerré los ojos. En mis recuerdos, solo podía ver a una chica loca siguiéndome; riendo, jugando y hablando sin parar. Ella se divertía con cualquier cosa que yo hiciera, pero yo no era capaz de divertirme como ella. Yo envidio esa parte de ella… No entiendo cómo es que Briar ha podido vivir en este mundo con una mente tan infantil…
No. Estoy equivocado. Quien tiene una mentalidad infantil soy yo.
Ella no para de hablar y yo solo me limito a escuchar. Las cuatro paredes se hacían más pequeñas ante mis ojos. Tengo… frío y hambre, pero no quiero comer; no quiero sentir el calor. Quiero estar solo y en silencio.
Huh, pero es irónico. Eso a Briar no le importa en lo más mínimo. Esa es la clase de persona que ella es.
Eso me hace pensar que Briar y Maissa son iguales. Aun cuando me siento como un pedazo de mierda, ellas están ahí para molestarme. Admito que realmente me calma un poco, pero no puedo olvidar nada de lo que hice. Jamás olvidaré ese horror… Jamás olvidaré las cosas que le hicieron a mi cuerpo. Y sobre todas las cosas, yo jamás olvidaré la forma de hablar de esa persona.
Me seguiré hundiendo aquí. Me pudriré en esta esquina. Moriré solo. No hay nada más que yo desee…
—Puedes usar tu oro para comprar mucha comida. Zaun seguro tiene algo a lo que yo pueda hincarle los colmillos. Ya no puedo esperar—dijo Briar, con un tono de autosuficiencia—. Así que no te preocupes, hombre. Vamos a llegar en una pieza. No habrá más monstruos en el camino. Y si alguno se atreve a aparecer, ¡me lo comeré para mostrarle quien manda!
Ella siempre sabe qué decir, por alguna razón. Si tan solo pudiera decir lo mismo de mi mismo, todo sería mejor. Podría regresar a casa sin el miedo de tener que enfrentar la realidad, pero me he convertido en un monstruo. Eso es algo que jamás desee…
—Ese no es el problema—susurré, tan cansado como para gritar; tan destrozado como para llorar—. Ese no es el problema…
—¿Entonces qué es lo que te pone tan triste, Midas? Si no me lo dices, no voy a entenderte. Se me complica entender a los humanos. Y es más difícil cuando estos no hablan—ella se rió. Su picota se escuchó chocando con la pared—. Bueno, sé que cuando los humanos tienen miedo, gritan. Al menos los que perseguía en los campos de batalla lo hacían.
—Yo… no estoy de humor para esto, Briar. Ve con los demás. Déjame descansar…
Del otro lado de la pared, Briar suspiró. Se golpeó la cabeza con la pared suavemente y su tono de voz cambió.
—Ambos descansamos encerrados en una celda durante muchos años. ¿No has descansado ya lo suficiente?—ella parece haber sonreído. Siempre hace el sonido de una rápida respiración cada que lo hace. Luego le dio dos golpecitos a la pared—. Eres todo un holgazán, Midas.
Negué con la cabeza, abrazándome a mí mismo. Intenté no responder, pero Briar siguió hablando.
—¿Qué vas a hacer cuando regreses a Zaun? Yo nunca he estado ahí. Muéstrame la ciudad cuando lleguemos.
—No te va a gustar lo que vas a ver—le respondí, ahogando mi voz una vez más entre las sombras—.
Cerré los ojos para quedarme dormido, pero no podía dormir. Cada que intentaba poner en blanco mi mente, todos esos arrepentimientos regresaban como un huracán.
—Yo creo que sí. Desde que salimos de Noxus no paras de hablar de regresar a Zaun, pero ahora, de la nada, ya no quieres. No te entiendo. ¿Son así de complicados todos los humanos? Parece que la respuesta se me está escapando. ¡A mi nunca se me escapa nada!
Nuevamente ese tono de voz tan animado. ¿Qué es lo que la tiene tan contenta? Estoy seguro que si te pregunto, me darás una respuesta tonta.
Debería preguntar…
Debería…
Yo…
—¿Por qué siempre, desde que nos conocimos, hablas como si todo fuera alegría? Me molesta mucho—eso no es cierto, solo envidio esa capacidad que tienes para ver las cosas desde un punto de vista más optimista—. Diez años… Diez años y sigues siendo la misma.
Ojalá pudiera ser como tú…
***
Al otro lado de la pared, Briar dejó de sonreír. Miró a la otra pared, imaginando que esa era la puerta de su celda. Imaginó que ese era el momento en el que tuvo conciencia por primera vez.
—No siempre fue así, ¿sabes? Antes todo era rojo, Midas. Antes todo me dolía. Antes no podía sentir más que ira. Era la única emoción humana que conocía desde el principio de mi vida.
Vivió rodeada de cadáveres y sangre. Se regocijó ante el festín que siempre se daba en los campos de batalla. Ella asesinó a rivales y aliados por igual. Manchó la tierra de muerte y, cuando todos fueron consumidos, se quedó sola en el campo de batalla.
Cuando la encerraron, ella solo era un animal estupido que gruñía y ladraba; que se golpeaba contra las paredes y arañaba la puerta. Los centinelas se reían de ella y la veían como un mono en un circo. Los años pasaron en esa celda mientras toda actitud hostil se iba calmando lentamente, pero había algo que ella no podía controlar y eso era su hambre.
Sufrió dolores inimaginables dentro de esa celda. Se arrancó los dedos para beber de su propia sangre. Lloró e imploró a los centinelas para que le regalaran un poco de sangre, pero sus demandas nunca fueron escuchadas.
El dolor del hambre la hizo pensar por primera vez. Oyó los gritos y llantos de los demás monstruos y entendió que todos eran iguales que ella. ¿Pero por qué ella pudo detener sus gritos y lágrimas de hambre y los demás no?
Entre esa bola de fenómenos, ella pensó que era la peor de todas. Aunque eso no le hizo sentir algo diferente. Sus emociones siempre estuvieron nubladas por la sangre y los gritos, pero desde que conoció a Midas, eso cambió.
—Las emociones humanas siguen siendo complicadas a pesar de todo. Tristeza, Felicidad, Decepción, Vergüenza… Amor… Todas esas emociones complicadas, uniéndose unas con otras dentro de mi cabeza… En especial la última. Amor… Yo amo la sangre… ¿Pero hay más algo que yo pueda amar aparte de eso?—esa animada sonrisa regresó a su rostro—. Jejeje. Me mareo cuando hago tantas preguntas.
—Amar…—se repitió Midas, pensando en Mai y en su madre.
Ellas fueron las únicas personas que Midas amó de verdad. En este mundo no había nadie más como ellas, pero eso hacía que se sintiera patético, pues se aferraba a dos personas como un niño llorón. Si bien no era algo malo que él amara a su familia, depender tanto emocionalmente de esas personas lo había lastimado durante mucho tiempo.
En lugar de aprender a ser fuerte, se encerró en una prisión con sus propios recuerdos. Se torturaba constantemente pensando en el "¿qué pude haber hecho?", en lugar de avanzar hacía delante con el "¿qué haré a continuación?"
—Midas…—dijo Briar, asomando el ojo por el agujero en la pared—. ¿No prometiste que iríamos a comernos unos gromps cuando salgamos de esa celda? ¿Cómo haremos eso si decides quedarte encerrado para siempre?
Midas miró al vacío.
—Yo…
—Midas…—dijo ella con una sonrisa—. ¡Vayamos a tu casa y luego salgamos a descubrir el mundo!
Esas palabras… Un recuerdo atacó a Midas.
Maissa estaba sobre uno de los edificios de chatarra de Zaun, mirando a Piltover. Las luces de los edificios brillaban como las estrellas en el cielo. Las nubes volaban sobre su cabeza decorando el cielo junto a la luna junto a las grandes aeronaves que decoraban el firmamento.
Midas estaba detrás de ella, ocultándose, temeroso.
Aquel día su hermana mayor le dijo algo. Las palabras de Briar le recordaron esa promesa.
Cansado, roto y ahogado en los recuerdos que una vez lo hicieron feliz, Midas escondió la cara entre las rodillas. Cerró los ojos con fuerza y, al abrirlos, una tenue luz iluminó su mirada.
—¿Podrías decirme qué es lo que me espera allá afuera? ¿Podrías decirme qué es lo que hay para mí en el mundo?—dijo Midas con la voz temblorosa—. ¿Podrías… darme la esperanza que perdí hace tanto tiempo…?
Ya no había nada más que arrepentimiento y culpa. ¿Qué podría tener el mundo para un hombre con las manos manchadas de sangre?
Briar se apoyó en la pared y pensó.
—No lo sé—respondió ella casi al instante—. Pero ese es el chiste de descubrir algo, ¿no? ¡Vamos a descubrirlo juntos! ¡Yo estaré contigo, enserio!
—Hah… Ya veo…—dijo Midas con la voz de un hombre cansado.
Briar miró al techo. Con una sonrisa tranquila, dijo:
—Jamás había hablado de esta forma con alguien. ¿Crees que pueda ser tan normal como los demás?
Esa pregunta fue bastante curiosa. Midas miró al agujero en la pared de reojo, esperando que ella dijera algo más, pero, irónicamente, Briar también estaba haciendo lo mismo.
—No lo sé… ¿Qué es ser "normal" en primer lugar?
—Jajaja. Buena pregunta. No tengo idea.
Apoyando la cabeza en la madera, Midas mostró una leve sonrisa triste.
—Seh… yo tampoco tengo idea.
Hasta ese momento no se había planteado esa pregunta. Le resultó gracioso incluso el hecho de que algo tan mundano pasara por alto en su mente. ¿Qué es la normalidad en todo caso?
—Vamos, Midas. Vamos afuera un rato, ¿quieres? No te quedes en la oscuridad, no te hundas en el dolor. ¡Somos libres ahora! ¡Podemos hacer lo que queramos! Pero no puedes hacerlo si te quedas aquí.
Briar se levantó del suelo. Pateó la puerta y se dirigió a la habitación de Midas donde hizo lo mismo. Todos en la tripulación la vieron con curiosidad, esperando buenas noticias, pero se sintieron extrañamente confundidos al ver a esa chica patear la puerta como si nada.
Del otro lado, Midas frunció el ceño ante la luz repentina que lo atacó. Vio a Briar allí, sonriendo inocente como una niña. Sus misteriosos ojos blanquecinos decían más que mil palabras, y la expresión en su aterradoramente adorable rostro lo llevaron a una conclusión.
La picota sobre sus hombros, el hemolito que aprisiona su verdadero ser. Al igual que él, incluso si estaban lejos del Bastión Inmortal, no podían huir de lo que son.
—Ven conmigo, Midas. Vamos a comer—dijo Briar, abriendo su mano de uñas afiladas para que Mida se acercara a tomarla.
En la esquina, él no pudo evitar mirarla como si se tratara de un ángel de luz. Ambos viven realidades distintas a pesar de ser prácticamente iguales. Entonces, se levantó tímidamente del suelo y dio un par de pasos hasta estar frente a ella.
Levantó la mano con miedo, temblando. Estuvo a punto de tomar su mano, pero se detuvo al último segundo. Briar, sin embargo, sonrió y arremetió contra él, tomándole de la mano sin miedo alguno.
En ese momento, el hemolito sobre sus hombros brilló tenue.
Midas abrió los ojos, asustado y confundido.
—Tú…
—Dejame llevarte afuera, niño llorón.
Ella lo llevó de la mano a la cubierta del barco. Todos pusieron su atención en ellos, pero Midas estaba tan confundido que no le prestó atención a eso.
Con Briar frente a él, pensó: Ella… está loca, pero… ¿No estoy igual que ella?
Ambos lados de la moneda, se tomaban de la mano saliendo a la luz.
Ahora lo entiendo; lo que durante tantos años no pude ver. Estuvo a mi lado todo este tiempo.
Levantó la mirada, observando a los tripulantes, quienes aplaudían al héroe que los salvó. No hacía falta que alguien dijera algo, pues su silencio, sus expresiones de alegría y sus vítores hacia él decían lo suficiente.
Somos libres, pero no lo somos… Seremos prisioneros de los monstruos que somos, pero a pesar de eso podremos avanzar justamente porque somos lo peor de este mundo.
Sus ojos, antes apagados en una depresión latente, se iluminaron levemente al ver a Briar a los ojos.
Ella lo sabe y es por eso que puede vivir en este mundo. A mí aún me falta mucho para seguir sus pasos, pero, por ahora, seguiré observándola… Seguiré siendo su amigo…
Una de sus cadenas, aquella que lo aprisionaba en un estado de soledad perpetuo, finalmente se rompió.
