La madrugada del 16 de enero se arrastró sobre Dinamarca con un frío que cortaba hasta el hueso. Dentro de la Mansión Principal, la fiesta por la unión de Constantine y Lady Eliza aún no había exhalado su último aliento. En los grandes salones, la música clásica se había desvanecido, reemplazada por el murmullo de aristócratas borrachos y el tintineo de copas de cristal rodando por las alfombras persas.
Sin embargo, para un ejército invisible, el día ya había comenzado. Sirvientes de sangre pura, pero relegados a ser de 1ra y 2da Gen debido a la debilidad de sus dones, se movían como fantasmas diligentes. Limpiaban el caos de la noche anterior mientras, en el Ala Oeste y los jardines de cristal, preparaban febrilmente el escenario para el segundo gran evento: la boda de Hiroshi Valmorth e Himari Kurogane.
Este evento era inusualmente especial para la tradición europea de la familia. Por exigencia del Clan Kurogane, y como muestra de sumisión y alianza, la ceremonia se llevaría a cabo bajo las estrictas reglas y tradiciones japonesas. Sorprendentemente, Hiroshi no había puesto ninguna objeción; su arrogancia le dictaba que ceder en la estética de la boda era un precio minúsculo a cambio de tener el respaldo de la Asociación de Héroes.
Lejos de todo ese frenesí, detrás de la imponente estructura principal de la mansión, el denso bosque privado de los Valmorth ofrecía un refugio oscuro. Oculta entre pinos centenarios y protegida por los muros de tierra que Brad Clayton (3ra Gen) había levantado sutilmente la noche anterior, se encontraba una antigua cabaña de caza. Este pequeño y rústico cuarto era el centro de operaciones donde el grupo que apoyaba a John intentaba descansar.
Adentro, Charles, Brad, Ezekiel, Volkhov y Aiko dormían en catres improvisados o sillas viejas. Sylvan descansaba en su maceta, absorbiendo la poca luz lunar que se filtraba por las tablas. El aire estaba cargado de tensión, el peso del inminente golpe de estado aplastando los pulmones de todos.
Pero afuera, el silencio del bosque fue roto por el crujir de las botas sobre la nieve.
Ryuusei Kisaragi caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, el aliento formando nubes de vapor en el aire helado. No había podido pegar un ojo. La adrenalina de tener que enfrentarse a un 5ta Gen en menos de veinticuatro horas lo mantenía en estado de alerta máxima.
A unos metros de distancia, emergiendo de la bruma matutina, apareció Hitomi. Llevaba un abrigo largo de lana blanca que contrastaba con sus ojos carmesí. Al igual que Ryuusei, el sueño le había sido esquivo. Se detuvo al verlo, y por un momento, los dos monstruos más poderosos de la facción rebelde simplemente se miraron bajo la luz pálida de la luna.
—No puedes dormir, "Helmut" —dijo Hitomi, su voz rompiendo el silencio con una suavidad inusual.
—La cama era demasiado dura. O tal vez es solo que no confío en el techo bajo el que estamos —respondió Ryuusei, acortando la distancia entre ellos—. Buenos días, Hitomi.
Ella asintió a modo de saludo. —El aire aquí afuera es más limpio. Adentro, las paredes huelen a las mentiras de Constantine.
Ryuusei sonrió de lado. —Quería hablar contigo un rato. A solas. Si no te importa.
Hitomi lo observó por un segundo, evaluando la seriedad en su rostro, y finalmente aceptó con un leve movimiento de cabeza. Comenzaron a caminar juntos por el sendero nevado, alejándose de la cabaña, rodeados únicamente por los árboles y el frío nórdico.
—Después de la boda de tu hermano Hiroshi, esta misma noche, será la batalla —comenzó Ryuusei, su tono volviéndose estrictamente táctico—. Si lo venzo, John tendrá la autoridad absoluta para tomar el trono y reescribir las reglas de esta casa. Podrá salvar a los mestizos y terminar con la purga de Constantine.
—Lo sé —respondió ella, mirando al frente—. Es el plan que hemos trazado.
Ryuusei se detuvo, obligándola a detenerse también. La miró fijamente a los ojos.
—Hitomi, necesito saber algo. En un duelo de esta magnitud, las cosas pueden salirse de control. ¿Qué pasa si, durante la pelea, de casualidad... o por necesidad... mato a Hiroshi?
Hitomi no se inmutó. Su rostro, tallado con la arrogancia y la frialdad de una 6ta Gen, permaneció impasible, pero sus ojos mostraron un destello de melancolía clínica.
—Matar a un 5ta o a una 6ta Gen no es como matar a un humano normal, Ryuusei. O a alguien de las generaciones más bajas —explicó Hitomi, su aliento condensándose en el aire—. Nuestra biología no funciona igual. La energía que nos da la Cima del Poder también nos da una resistencia monstruosa. Nosotros nos regeneramos. Los huesos rotos se sueldan, los tejidos se unen, la sangre perdida se repone a una velocidad absurda.
Ryuusei asintió, recordando cómo él mismo había sobrevivido a impactos que habrían vuelto polvo a un tanque de guerra.
—Para que esa regeneración se detenga —continuó Hitomi, bajando la vista hacia el pecho de Ryuusei, como si pudiera ver a través de él—, no basta con cortar una cabeza o perforar un pulmón. Tienes que ir a la fuente del bombeo mágico y vital. Tienes que sacarle el corazón del pecho. Arrancarlo con tus propias manos y aplastarlo hasta que no quede nada. Solo así, un 5ta Gen muere de verdad.
Ryuusei guardó silencio, asimilando la brutalidad de la instrucción. Arrancar un corazón. Había hecho cosas peores en su vida, pero esto era diferente.
—Si llegara a ese extremo... —preguntó Ryuusei, su voz bajando a un susurro casi inaudible—, si le arranco el corazón a tu hermano frente a ti... ¿me odiarías por hacer eso?
Hitomi levantó la mirada. Sus ojos rojos buscaron los de él. Hubo un silencio que pareció durar horas, un puente invisible de comprensión entre dos seres que cargaban con el peso de la muerte a sus espaldas.
—No —respondió ella con firmeza—. No te odiaría, Ryuusei.
Dejó escapar un suspiro cansado, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Sería... extraño —admitió, mostrando una fisura en su armadura de hielo—. Se sentiría un poco raro ver morir a mi propio hermano. Crecimos juntos, de alguna forma retorcida. Pero Hiroshi eligió su camino. Él apoyó a Constantine, él apoyó la idea de tratarme como ganado reproductor. Sé que todo esto es por un bien mayor. Si él tiene que morir para que la Casa Valmorth sobreviva a su propia putrefacción, que así sea.
Hitomi apartó la mirada hacia los árboles, claramente incómoda con la vulnerabilidad del momento.
—Ya no quiero hablar de esto —cortó ella, cambiando radicalmente su postura—. Es deprimente. Hablaremos de sangre y corazones aplastados cuando llegue la madrugada. Mejor dime... tú que vienes de allá, ¿cómo son exactamente las bodas japonesas? Las reales, no las estupideces que Constantine seguro intentará imitar.
Ryuusei parpadeó, sorprendido por el brusco cambio de tema, pero agradecido por la distracción. Carraspeó, buscando en sus memorias la cultura de su tierra natal.
—Bueno... es un evento muy solemne y purificador —comenzó Ryuusei, caminando lentamente junto a ella—. Generalmente se realiza en un santuario sintoísta. A diferencia de aquí, donde todo grita opulencia, una boda tradicional japonesa busca la armonía con los Kami, los espíritus de la naturaleza.
—La novia no usa un vestido con brillantes —continuó—. Usa un kimono blanco y pesado llamado Shiromuku. El blanco simboliza la pureza, pero también significa que la novia está "muriendo" para su antigua familia y renaciendo en la familia de su esposo. Por eso es blanco, el color del luto en la antigüedad. Además, lleva una capucha especial llamada tsunokakushi, que literalmente significa "esconder los cuernos". Sirve para ocultar los celos y el ego, prometiendo ser una esposa paciente.
Hitomi soltó una pequeña risa irónica. —¿Esconder los cuernos? Dudo que esa chica Kurogane esconda algo. Se veía bastante orgullosa ayer. ¿Y qué más hacen?
—El ritual más importante es el San-san-kudo —explicó Ryuusei—. Significa "tres, tres, nueve veces". Los novios beben sake de tres copas de diferentes tamaños. Primero el novio, luego la novia, turnándose hasta dar tres sorbos de cada copa. Es una unión de almas, no solo de cuerpos. Intercambian ramas de un árbol sagrado llamado sakaki para honrar a los dioses, y luego se leen los votos. Es silencioso. Muy íntimo. No hay aplausos estruendosos ni bailes obscenos al final.
Hitomi lo escuchaba atentamente, imaginando la escena. Parecía mucho más digno que el circo que Constantine había montado la noche anterior.
Queriendo aprovechar el momento de calma, y guiada por una curiosidad que rara vez se permitía sentir, Hitomi dio un paso más en lo personal.
—Suena a que entiendes mucho del tema —dijo ella, mirándolo de reojo—. Dime, Ryuusei... si es que en algún futuro, cuando todo este infierno termine y puedas tener una vida normal... ¿cuántos hijos quisieras tener?
Ryuusei tropezó. Físicamente, su pie se atoró en una raíz oculta bajo la nieve por una fracción de segundo. La sorpresa lo desarmó por completo. De todas las cosas que esperaba que la Matriarca de la 6ta Gen le preguntara, esa no estaba en la lista.
La miró, tratando de descifrar si era una trampa táctica o una pregunta genuina. Los ojos de Hitomi eran grandes, expectantes, desprovistos de su usual frialdad.
—Yo... eh... —Ryuusei se rascó la nuca, sintiendo un calor inusual subir por su cuello a pesar del frío danés—. Supongo que... cuatro. Sí, cuatro hijos sonaría bien. Una casa grande, mucho ruido, nadie se sentiría solo. Sí, cuatro.
Hitomi no respondió de inmediato. Su mente, condicionada por años de presión familiar sobre los linajes, empezó a trabajar a una velocidad vertiginosa.
«Cuatro hijos», se dijo a sí misma en su mente. «Eso es bastante. Es un número fuerte. Si ganamos hoy, él será libre. Si él quiere cuatro hijos... tendría que estar preparada para eso.»
Inconscientemente, Hitomi bajó la mirada hacia su propia figura, evaluándose no como una guerrera, sino con una lógica biológica que las mujeres Valmorth aprendían desde niñas. «Tengo buenas caderas. La complexión de una 6ta Gen está hecha para soportar el desgaste físico de la gestación de portadores de magia. Sí... tengo unas caderas excelentes para la reproducción. Podría darle cuatro sin problemas...»
De repente, se dio cuenta de la dirección que estaban tomando sus pensamientos. Su rostro, pálido como la nieve, se encendió en un rojo violento que rivalizaba con el color de sus ojos. El rubor le cubrió las mejillas y las orejas.
—¿Te pasa algo? —preguntó Ryuusei, notando el repentino cambio de temperatura en el rostro de la chica—. Te pusiste roja. ¿Tienes fiebre? ¿El frío te está afectando?
—¡N-no es nada! —respondió Hitomi rápidamente, apartando la mirada y acelerando el paso—. Es el viento. El viento corta la cara.
Ryuusei frunció el ceño, no muy convencido, pero decidió no presionar. Para equilibrar la balanza de la conversación, le devolvió el golpe.
—Bien, ya respondí yo. Ahora te toca a ti —dijo Ryuusei—. ¿Cuántos hijos quisieras tener tú, Hitomi?
Ella se detuvo y respiró hondo, intentando que el rubor desapareciera y recuperando su compostura analítica.
—Para nosotros, los Valmorth, la cuestión no es tanto de "querer" sino de capacidad genética —explicó ella, adoptando un tono más académico—. La energía que un niño Valmorth requiere durante el embarazo es inmensa, especialmente si hereda una generación alta. La capacidad límite para las mujeres de nuestra familia suele ser de cuatro partos. Si intentas tener un quinto, la magia del feto consume a la madre desde adentro. Hay casos muy raros, extremadamente raros, de mujeres que han logrado tener cinco o hasta seis hijos, pero casi siempre terminan postradas o pierden su propia habilidad mágica.
Ryuusei la miró con una mezcla de horror y fascinación. —Así que, si quisieras cuatro... estarías llegando al límite exacto.
—Exactamente —dijo Hitomi, mirándolo a los ojos con una intensidad que hizo que a Ryuusei se le acelerara el pulso—. Estaría dispuesta a llegar al límite.
El viento sopló entre los árboles, llevándose las palabras y dejando un silencio cargado de posibilidades no dichas. El cielo en el horizonte comenzaba a teñirse de un azul profundo; el sol estaba por salir.
—Deberíamos volver —dijo Ryuusei finalmente, rompiendo el hechizo—. Todos se estarán levantando.
Hitomi asintió. —Sí. Todos tienen que alistarse. La boda de Hiroshi empieza a las 11 de la mañana, y no podemos darnos el lujo de parecer cansados.
Regresaron a la cabaña justo cuando John y los demás empezaban a desperezarse. El día del juicio había comenzado formalmente.
Mientras el equipo de John se preparaba en el frío del bosque, el lujo sofocante gobernaba el otro lado de la propiedad.
En los inmensos aposentos asignados a la rama secundaria, la luz del sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales de cristal templado. La habitación era un caos de sábanas de seda desordenadas y almohadas de plumas esparcidas por el suelo.
Hiroshi Valmorth estaba recostado contra el cabecero de caoba de la enorme cama matrimonial, con el pecho desnudo brillando por una fina capa de sudor. Había sido una noche larga y sumamente placentera. A pesar de su naturaleza sádica y arrogante, había algo genuinamente humano en la forma en que acariciaba el cabello oscuro de la mujer que descansaba sobre él.
Himari Kurogane, despojada de su armadura emocional y de su estricto kimono ceremonial, estaba recostada sobre el pecho de Hiroshi. Trazaba círculos invisibles sobre la piel del Valmorth con la yema de su dedo índice.
El silencio era cómodo, pero la mente de Himari, entrenada para la estrategia por su clan, no podía dejar de repasar los eventos del día anterior.
—Hiroshi-sama... —murmuró Himari, su voz dulce pero teñida de preocupación—. Sobre ese hombre... el que se hace llamar Helmut. El "Campeón" de tu hermano.
Hiroshi dejó de acariciarle el cabello. Suspiró, molesto de que el nombre de John y su séquito de payasos de pelo blanco arruinaran su mañana.
—¿Qué pasa con él? Es solo un bruto belga que tuvo la mala suerte de que John lo eligiera para morir.
Himari se incorporó ligeramente, apoyando la barbilla en el pecho de Hiroshi para mirarlo a la cara.
—Ayer, durante el almuerzo, sentí su energía. No reaccionó a mis provocaciones, ni a las de Lady Eliza. Su postura era perfecta, sin aperturas. ¿Crees... crees que le vas a ganar a ese tal Helmut en el duelo de la madrugada?
Hiroshi frunció el ceño, su orgullo herido por la simple sugerencia de la duda. Sin embargo, no estaba hablando con un súbdito, estaba hablando con su futura esposa, la mujer que le daría el poder del Clan Kurogane.
—No lo sé con certeza —admitió Hiroshi, una rara confesión de honestidad saliendo de sus labios—. No sé qué trucos esconde bajo esa actitud de sirviente. Pero daré lo mejor de mí, Himari. Soy un 5ta Gen de la rama central. Fui entrenado para aplastar a cualquier rama secundaria.
Hiroshi se movió, alcanzando una tableta electrónica que descansaba en la mesa de noche. La encendió, mostrando un documento encriptado con el sello de los Valmorth.
—Pero hay algo que me está empezando a hacer dudar —continuó Hiroshi, sus ojos oscureciéndose con sospecha—. Después del almuerzo de ayer, puse a mis contactos de inteligencia a trabajar. Les pedí que revisaran los registros históricos de las migraciones familiares. Revisé los documentos yo mismo anoche antes de que vinieras.
—¿Y qué encontraste? —preguntó Himari, incorporándose por completo, la sábana cayendo de sus hombros.
—Nada —dijo Hiroshi, apretando los dientes—. No hay absolutamente ninguna familia Valmorth registrada en Bélgica. No existe ninguna "Abuela Alberta", y mucho menos un Barón de Brujas. Son fantasmas. Todo lo que John dijo ayer sobre esa gente es una mentira.
Los ojos de Himari se abrieron de par en par, el terror genuino filtrándose en su expresión estoica.
—Si no son familiares... ¿entonces qué son? —preguntó Himari, su voz temblando ligeramente—. ¿Mercenarios? ¿Asesinos a sueldo? ¡Hiroshi, si es así, eso es trampa! ¡El duelo de sucesión debe ser entre miembros de la misma sangre o campeones validados! ¡Podemos denunciarlo ante Constantine y suspender la pelea!
Hiroshi dejó la tableta a un lado y tomó el rostro de Himari entre sus manos. Sus pulgares acariciaron suavemente las mejillas pálidas de la joven.
—No te preocupes por eso, mi flor de loto —le dijo Hiroshi, usando un tono calmado pero cargado de un sadismo subyacente—. Si John trajo mercenarios, solo demuestra lo desesperado que está. No voy a suspender nada. Sería una muestra de debilidad frente a Constantine y frente a tu clan. Yo entraré a ese duelo, haré pedazos a ese falso Barón y luego, frente a todos los invitados, tendré la excusa perfecta para matar a mi hermano John por traición a la sangre. Lo mataré con mis propias manos.
Himari lo miró, debatiéndose entre el alivio de su confianza y el miedo a lo desconocido. Las mentiras de John la inquietaban profundamente. En el mundo de los héroes y los clanes japoneses, cuando un enemigo oculta su identidad, es porque su poder es demasiado grande para mostrarlo.
—Pero... —insistió Himari, con una cara tierna y los ojos húmedos, dejando de lado cualquier fachada de guerrera—. ¿Y qué pasa si tú...? ¿Qué pasa si tú mueres, Hiroshi? Yo no podría soportar...
Antes de que Himari pudiera terminar la oración o derramar una sola lágrima, Hiroshi acortó la distancia y estrelló sus labios contra los de ella.
Fue un beso apasionado, hambriento y posesivo. Una reafirmación de vida frente a la inminente sombra de la muerte. Hiroshi la abrazó con fuerza, silenciando sus miedos con la presión de su boca, demostrándole que estaba vivo y que no planeaba dejar de estarlo.
Cuando finalmente se separaron, a ambos les faltaba el aire. Hiroshi le sonrió, una sonrisa arrogante pero cálida.
—No voy a morir —le prometió Hiroshi, acariciándole el labio inferior—. Te lo juro. Después de que yo gane esta noche, y de que John sea solo un recuerdo vergonzoso en nuestra historia, dejaremos este congelador danés. Nos iremos a Osaka. Construiremos nuestro propio imperio allá, lejos de Constantine y su complejo de Dios, y viviremos tranquilos bajo la protección de tu clan.
Himari sonrió, las dudas desvaneciéndose momentáneamente bajo la promesa de un futuro juntos.
—Ahora —dijo Hiroshi, dándole una suave palmada en la cadera mientras se levantaba de la cama, mostrando su físico trabajado—, ya levántate. Tienes que prepararte, maquillarte y ponerte ese kimono pesado que tanto te gusta. Hoy es un día especial. Es el día de nuestra boda. Y el último día en la vida de John Valmorth.
