La Torre de Magos se alzaba como una aguja oscura atravesando el cielo gris del amanecer. Sus muros, cubiertos de runas antiguas, vibraban con una energía silenciosa que hacía que incluso el aire pareciera pesado.
Rose no se detuvo.
Sus pasos resonaron con firmeza sobre el mármol mientras atravesaba el vestíbulo principal. Los aprendices apartaban la mirada al verla pasar. Sabían quién era. Sabían también que algo estaba mal.
Dos magos de alto rango bloquearon el acceso a la escalera central.
—Mi señora —dijo uno con respeto rígido—. No puede continuar.
Rose se detuvo frente a ellos. Su vestido aún llevaba las arrugas de una noche sin descanso y sus ojos mostraban un cansancio que no lograba ocultar… pero su postura seguía siendo la de una duquesa.
—Mi esposo está aquí —dijo con voz firme—. Apártense.
Los magos intercambiaron miradas breves.
—Tenemos órdenes directas del archiduque —respondió el segundo—. Nadie debe subir.
El silencio se volvió tenso.
Los ojos de Rose se endurecieron.
—¿Órdenes… de Adam? —preguntó lentamente—. Mi esposo jamás me negaría el acceso si estuviera bien.
Intentó avanzar.
Los magos levantaron sus bastones y una barrera translúcida surgió frente a ella, vibrando como vidrio invisible.
Rose retrocedió apenas un paso, sorprendida… pero no intimidada.
—Algo ha pasado —susurró, más para sí misma que para ellos—. Lo siento.
El Señor de la Torre apareció entonces desde las escaleras superiores. Su túnica plateada arrastraba suavemente contra los escalones mientras descendía con una expresión grave.
—Duquesa Rose —dijo con respeto profundo—. Le ruego que comprenda. El archiduque ha solicitado aislamiento absoluto.
—No —respondió ella sin dudar—. Adam jamás se aislaría de su familia sin explicación. Dígame la verdad.
El mago guardó silencio durante varios segundos.
Sus ojos mostraban conflicto.
Finalmente, suspiró.
—No puedo permitirle el acceso… pero puedo entregarle esto.
Extendió la mano. En su palma reposaba un sello de metal oscuro grabado con el emblema de la familia Kafgert. Su superficie parecía absorber la luz, pesada y antigua, cargada de autoridad absoluta.
Junto al sello, una carta sellada con la misma insignia.
Rose sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Tomó el objeto con manos firmes… aunque su corazón latía con violencia.
—Este sello —explicó el Señor de la Torre— le otorga autoridad total sobre los territorios Kafgert mientras el archiduque permanezca indispuesto. Son sus órdenes directas.
Rose no respondió de inmediato.
Sus dedos apretaron el metal frío.
—¿Indispuesto…? —repitió en voz baja—. ¿Qué ocurrió?
El mago dudó. Su mirada se desvió por un instante, como si midiera cada palabra antes de pronunciarla.
—Es… información que no debe conocer —dijo finalmente, con voz baja pero firme
—.Son órdenes directas del archiduque. Hasta que él regrese al palacio… no puedo decirle nada más.
El silencio que siguió fue pesado, casi opresivo.
Rose cerró los ojos un instante. Su respiración se volvió lenta, controlada. Cuando los abrió nuevamente, la tristeza había sido reemplazada por determinación pura.
—Entonces escúcheme bien —dijo con una calma que heló la sala—. Si algo le sucede a Adam… no habrá torre lo suficientemente alta para esconder la verdad de mí.
Guardó el sello y la carta contra su pecho.
Luego se dio media vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
Cada paso de Rose resonaba con firmeza en los pasillos del Imperio. Ya no caminaba con dudas ni con esperanza ingenua. Ahora avanzaba con una certeza fría clavada en el pecho.
Su esposo estaba en peligro.
Y si había alguien capaz de decirle la verdad, alguien que conocía cada secreto, cada carga y cada sombra que acompañaba al archiduque Adam… era solo una persona.
El emperador del Imperio.
Así que no dudó. No miró atrás. Se dirigió directamente al único lugar donde podría arrancar respuestas, aunque tuviera que enfrentarse al poder mismo del trono.
Rose avanzaba por los corredores imperiales sin disminuir el paso. Las capas de su vestido oscuro se deslizaban detrás de ella como una sombra viva, y los sirvientes se apartaban en silencio, inclinando la cabeza sin atreverse a detenerla.
Su mente repasaba cada detalle con precisión dolorosa.
La carta.El sello entregado por los magos.El silencio del archiduque.
Adam jamás habría permitido que la incertidumbre tocara su hogar si todo estuviera bajo control.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Las enormes puertas que conducían al ala imperial aparecieron frente a ella, custodiadas por caballeros con armaduras negras. Sus lanzas descendieron de inmediato al reconocerla, pero uno de ellos dio un paso adelante, inseguro.
—Archiduquesa… el emperador no recibe visitas sin audiencia previa.
Rose no se detuvo.
Sus ojos, normalmente cálidos, se volvieron afilados como vidrio recién cortado.
—Entonces anúnciale —dijo con voz baja y firme— que su cuñada viene a exigir respuestas sobre su hermano .
Los guardias dudaron apenas un segundo antes de abrir las puertas.
El salón imperial se extendía vasto y silencioso, bañado por la luz dorada de las antorchas eternas. Cada paso de Rose resonaba con autoridad, pero dentro de su pecho el miedo latía con fuerza creciente.
No como debilidad.
Como una advertencia envuelta en seda.
Rose avanzó hasta la distancia adecuada frente al trono y se detuvo. Su postura fue impecable, la espalda recta, el mentón alto, cada movimiento medido con la precisión que exigía la corte imperial.
Primero cumplió con el protocolo.
Llevó una mano al pecho y realizó una reverencia breve, perfecta, digna de una archiduquesa ante su soberano. Ni más profunda de lo necesario… ni lo bastante fría como para considerarse una ofensa.
Cuando se incorporó, sus ojos ya no eran los de una noble obediente.
Eran los de una esposa que exigía respuestas.
—Su Majestad —pronunció con voz serena, firme, imposible de interrumpir—. Lamento irrumpir sin previo aviso.
Una pausa corta. Controlada.
—Pero algo le está ocurriendo a Adam… y en este palacio todos parecen haber olvidado cómo decir la verdad.
El aire se tensó.
Su expresión permaneció impecable, educada… incluso respetuosa.
Pero sus palabras ya no pedían permiso.
—He venido a escuchar respuestas… no evasivas.
Y esta vez… Rose no pensaba retirarse hasta obtenerlas.
Las puertas del salón imperial se abrieron con un eco pesado que recorrió la estancia.
El emperador permanecía sentado en su trono, inmóvil, observando a Rose como si su presencia no alterara en lo más mínimo la calma del lugar. Su mirada era fría, distante… calculadora.
Rose avanzó sin inclinar la cabeza más de lo estrictamente necesario. No estaba allí como súbdita obediente. Tampoco como familia. Entre ellos nunca había existido cercanía.
—Majestad —dijo con voz firme—. He venido por Adam.
Un leve silencio cayó sobre el salón.
El emperador apoyó el mentón en su mano, observándola con una expresión que rozaba la indiferencia.
—Mi hermano sabe cuidarse solo —respondió sin emoción—. No entiendo por qué vienes a mí.
Rose sintió cómo la tensión le recorría el pecho. Apretó los dedos con fuerza dentro de las mangas de su vestido.
—Desapareció. Envió una carta extraña. Los magos me niegan información por órdenes directas. —Su voz no tembló, pero cada palabra llevaba peso—. Algo está pasando… y tú lo sabes.
El emperador sostuvo su mirada por un largo instante… y luego sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue una máscara elegante.
—Tus conclusiones carecen de fundamento —dijo sin emoción— Adam siempre ha actuado en silencio… y siempre ha regresado por su cuenta.
Mentía.
Y ambos lo sabían.
El silencio se volvió incómodo. Los consejeros evitaban mirar directamente a Rose.
Ella dio un paso al frente.
—No vine a pedir permiso —dijo en voz baja—. Vine a buscar respuestas.
El emperador ni siquiera cambió de postura.
—Y ya las tienes —dijo con indiferencia—. No sé nada que deba preocuparte. Tus hijos te necesitan más que un hombre que ha sobrevivido guerras antes de conocerte. Vuelve al palacio, archiduquesa. Adam no necesita que lo rescaten.
Fue una negativa limpia. Cortante. Calculada para cerrar cualquier conversación.
Rose lo observó fijamente, intentando encontrar una grieta en esa fachada impenetrable… pero no había ninguna. Solo el peso de un poder que no necesitaba justificarse ante nadie.
Entendió entonces que no obtendría nada allí.
No porque el emperador no supiera.
Sino porque había decidido que ella no merecía saberlo.
Rose inclinó apenas la cabeza, un gesto mínimo de respeto que ocultaba una tormenta contenida.
—Entiendo… Majestad.
Adam siempre ha actuado en silencio.
Siempre ha regresado.
Esa afirmación no le dio consuelo.
Le dio miedo.
Porque Rose conocía a su esposo mejor que nadie. Sabía reconocer cuándo el silencio de Adam era estrategia… y cuándo era una señal de que estaba cargando algo que ni siquiera él podía controlar.
Y el emperador lo sabía.
Lo había dicho con una calma excesiva.
Con la tranquilidad de alguien que oculta más de lo que muestra.
Una sospecha fría comenzó a abrirse paso en su mente.
No estaba allí para ayudarla.
Estaba allí para contenerla.
Rose inhaló con cuidado, midiendo cada respiración para que su voz no revelara la tormenta que crecía bajo su pecho.
No podía romper la etiqueta.
No podía perder la compostura.
Pero tampoco podía irse sin respuestas.
Y por primera vez desde que había entrado al salón del trono… dejó de ver al emperador como un aliado de la familia.
Y empezó a verlo como un obstáculo.
Rose sostuvo la mirada del emperador unos segundos más.
Luego, con una calma que solo alguien entrenado en la corte podía mantener, deslizó lentamente una mano dentro de la manga de su vestido.
El sonido suave del metal contra la tela rompió el silencio.
Un sello descansó sobre su palma.
El emblema de la familia Kafgert brilló bajo la luz del salón, oscuro y solemne, cargado de autoridad territorial y militar.
No lo levantó de forma agresiva.
No lo agitó.
Simplemente lo sostuvo… lo suficiente para que todos los presentes lo vieran.
Un murmullo casi imperceptible recorrió a los consejeros que observaban desde los lados.
—Majestad —dijo Rose con una inclinación respetuosa—. Este sello me fue entregado con autoridad plena sobre los asuntos del archiducado en ausencia de mi esposo.
Su voz seguía siendo suave.
Pero cada palabra estaba afilada con precisión quirúrgica.
—No he venido como una esposa desesperada… sino como representante legítima de la casa Kafgert.
El emperador entrecerró apenas los ojos.
La máscara elegante seguía en su rostro… pero su mirada perdió una fracción de calidez.
—¿Estás intentando presionarme políticamente… en mi propio trono? —preguntó con una calma peligrosa.
Rose negó con delicadeza.
—Jamás haría algo tan irrespetuoso, Majestad —respondió—. Solo estoy ejerciendo las responsabilidades que la ley imperial reconoce… cuando el archiduque no puede responder por sí mismo.
Silencio.
Un silencio pesado.
El emperador apoyó un dedo contra el brazo del trono.
Un gesto pequeño… pero cargado de tensión.
Rose continuó.
—Si Adam está bien, como usted afirma… entonces no habrá problema en que yo misma confirme su estado —dijo con una sonrisa leve, educada—. Y si no lo está… entonces la casa Kafgert tiene el deber de actuar para proteger la estabilidad del imperio.
No levantó la voz.
No amenazó.
Pero el mensaje estaba allí.
Claro.
Pulcro.
Implacable.
Los consejeros comenzaron a inquietarse.
El emperador dejó escapar un suspiro lento.
Y por primera vez… su paciencia mostró grietas.
—Estás caminando sobre una línea peligrosa, archiduquesa —dijo, su voz más fría—. Confundes preocupación con autoridad.
Rose inclinó apenas la cabeza.
—No, Majestad —respondió—. Solo reconozco cuándo el silencio deja de ser protección… y se convierte en ocultamiento.
La temperatura del salón pareció descender.
El emperador se levantó lentamente de su trono.
No con furia.
No con dramatismo.
Con esa clase de movimiento controlado que hace que todos los demás se sientan pequeños.
Descendió un escalón.
Luego otro.
Hasta quedar frente a ella.
—Te advertí que cuidaras mejor de tus hijos… en lugar de venir a cuestionar asuntos que no te corresponden —dijo en voz baja, suficiente para que solo ella y los más cercanos escucharan.
Rose no retrocedió.
Sus dedos se cerraron con suavidad sobre el sello Kafgert.
—Y yo estoy cuidando de ellos —respondió con respeto absoluto—. Porque si algo le ocurre a su padre… todo el imperio temblará.
Un segundo de silencio.
Dos voluntades chocando sin levantar la voz.
Finalmente… el emperador la observó con una expresión ilegible.
No había ganado.
Pero tampoco había cedido.
Y ambos lo sabían.
—Archiduquesa Rose… estás olvidando tu lugar. Esta es una orden imperial. Guardarás silencio y esperarás. —El archiduque Kafgert regresará cuando el lo permita. Adam sabe cuidarse solo. Su mirada se endureció apenas. —Da un paso más allá de tus límites… y no lo llamaré preocupación de esposa. Lo llamaré traición.
Las palabras del emperador cayeron como una losa sobre el salón.
El murmullo de los nobles murió antes de nacer.
Rose permaneció inmóvil unos segundos… demasiado inmóvil.Luego, su respiración tembló apenas. Sus dedos se cerraron sobre la falda del vestido como si estuviera conteniendo algo que no debía salir.
Bajó la mirada.
—Comprendo… Majestad… —susurró.
Y entonces su voz se quebró.
No fue un llanto descontrolado. Fue un temblor calculado, una grieta perfecta en una estatua impecable. Sus hombros descendieron con una fragilidad casi dolorosa, y una lágrima resbaló por su mejilla con una precisión cruel.
El salón entero lo vio.
La orgullosa archiduquesa… reducida frente al trono.
Algunos nobles intercambiaron miradas incómodas. Otros desviaron los ojos. La escena hablaba sola: una esposa desesperada… y un emperador implacable.
—Solo… soy una esposa preocupada… —murmuró ella, llevando una mano temblorosa al pecho—. Si mi preocupación es una falta… entonces aceptaré mi castigo…
Otra lágrima cayó.
El peso de la percepción empezó a inclinarse. Un susurro leve recorrió la sala como viento bajo puertas cerradas.
El emperador no se movió de inmediato.
La observó.
Vio la inclinación exacta de su cabeza. La cadencia del llanto. El momento preciso en que algunos cortesanos comenzaban a tensarse.
Entendió el juego.
Y decidió terminarlo.
Se levantó del trono con calma absoluta. Cada paso resonó firme sobre el mármol hasta detenerse frente a ella. No había enojo en su rostro. Tampoco compasión.
Solo control.
Extendió una mano enguantada… sosteniendo un pañuelo blanco con el sello imperial bordado en hilo de plata.
—Archiduquesa —dijo con voz baja, lo bastante clara para que todos escucharan—. El honor de esta corte no necesita lágrimas para sostenerse.
Le ofreció el pañuelo sin inclinarse.
—Sécate. Nadie aquí desea verte humillarte por emociones que deberías gobernar.
La frase fue un golpe elegante.
No la acusó directamente… pero dejó claro que su llanto era una pérdida de control, no una injusticia.
Los murmullos cambiaron de dirección.
Rose alzó la mirada lentamente. Sus ojos húmedos se encontraron con los del emperador… y por un instante ninguno cedió.
Tomó el pañuelo.
Sus dedos rozaron los de él apenas un segundo. Una chispa invisible pasó entre ambos.
Se secó las lágrimas con movimientos lentos… dignos… recuperando su postura como si reconstruyera su armadura pieza por pieza.
—Gracias… Majestad —dijo finalmente, con una reverencia impecable—. Siempre es un honor… aprender de su ejemplo de firmeza.
Las palabras eran correctas.
El tono… no tanto.
El emperador percibió la respuesta oculta. Una daga envuelta en seda.
Y sonrió apenas.
No una sonrisa amable.
El emperador sostuvo su sonrisa leve unos segundos más… y luego dio un paso atrás.
Su voz descendió fría sobre el salón.
—Archiduquesa Rose… has venido dominada por tus emociones. Esta audiencia ha terminado.
Un silencio tenso cayó como una tela pesada.
El emperador alzó apenas la mano.
—Guardias.
Las puertas laterales se abrieron al mismo tiempo. Dos caballeros imperiales avanzaron con pasos firmes, armaduras brillando bajo la luz dorada del salón. No caminaban como verdugos… sino como protocolo vivo.
—Acompañen a la archiduquesa fuera del salón —ordenó con calma—. Que pueda recuperar su compostura… lejos de miradas innecesarias.
La frase era elegante.
La intención… una expulsión pública.
Algunos nobles bajaron la mirada. Otros observaron con hambre silenciosa. Una caída social siempre era espectáculo.
Los guardias se detuvieron frente a Rose y bajaron la cabeza con respeto.
—Archiduquesa…
Rose no se movió de inmediato.
Su respiración se estabilizó.
Sus dedos aún sostenían el pañuelo imperial.
Y entonces… sonrió.
No fue una sonrisa grande. Fue pequeña. Precisa. Peligrosamente serena.
Se giró lentamente hacia la corte antes de caminar. Sus ojos recorrieron a los nobles uno por uno… asegurándose de que todos la miraran.
Luego, se inclinó con una reverencia impecable hacia el trono.
—Su Majestad es… extremadamente considerado —dijo con voz clara—. Incluso en momentos de preocupación familiar… protege el decoro de esta corte por encima de todo.
Algunos nobles fruncieron el ceño.
Ella continuó, avanzando por el centro del salón… sin permitir que los guardias la tocaran. Ellos la seguían ahora… como escolta, no como expulsión.
—Hoy he venido como esposa —prosiguió—. Y me marcho… recordando que en este imperio incluso las familias más cercanas al trono… deben suplicar por noticias de quienes lo defienden.
Un murmullo se deslizó entre las columnas.
Rose se detuvo a mitad del salón. Se volvió una última vez hacia el emperador.
Levantó ligeramente el pañuelo imperial… como si fuera una reliquia.
—Gracias por recordarme… cuál es mi lugar, Majestad.
Sus ojos brillaban.
Pero ya no había lágrimas.
Solo fuego contenido.
Se giró y caminó hacia las puertas con la espalda recta… cada paso un latido contra el orgullo imperial. Cuando las puertas se cerraron detrás de ella, el salón no estaba tranquilo.
Estaba lleno de preguntas.
El emperador permaneció de pie… inmóvil… observando el lugar donde ella había estado.
Porque sabía exactamente lo que había hecho.
No había salido derrotada.
Había sembrado duda.
Y en la corte… la duda era una plaga más peligrosa que cualquier monstruo del exterior.
