This is DreamTech, returning after nearly two years of silence. First and foremost, I would like to apologize to everyone who has enjoyed the novel I am writing. I know I owe you an explanation; however, I can only say that my absence was due to my private life—specifically, the academic path I chose to pursue. I have since resolved many personal matters, and I want you to know that I haven't forgotten this novel—or any of the other stories I've always wanted to write. Now that I have more freedom, I intend to post updates at least two or three times a week. I do this as a hobby, and I hope to increase the number of chapters I write.
El enfrentamiento comenzó con un rugido ensordecedor de Vela, cuyo sonido resonó por las calles desoladas de la ciudad. Sus poderosas patas golpearon la nieve, dejando huellas profundas mientras se lanzaba como una flecha hacia el rey rata. Este último, erguido sobre sus patas traseras, respondió con un chillido grave, casi desafiante, que hizo que las ratas menores retrocedieran momentáneamente, como si esperaran ver qué ocurriría entre los dos titanes.
No hubo mucho que ver. Vela cayó sobre él con todo su peso, sus garras delanteras cerrándose como cuchillas sobre el costado del monstruo antes de que este pudiera siquiera terminar de erguirse. El impacto sonó como una losa de concreto cayendo sobre hielo fino. El rey rata chilló, más sorprendido que herido, e intentó responder con un mordisco desesperado hacia el cuello de Vela. Ella ni se molestó en esquivarlo del todo: giró el cuerpo lo justo para que los dientes se cerraran en el aire, y contraatacó con un golpe de cola que lo envió rodando varios metros sobre el hielo, dejando un surco oscuro tras de sí. El sonido del impacto contra el hielo se escuchó incluso por encima de los chillidos de la horda, un golpe seco que dejó claro, desde el primer segundo, qué tipo de pelea era esta.
El monstruo se levantó de nuevo, tambaleante, sacudiéndose la nieve del lomo. Volvió a atacar, esta vez con más cautela, midiendo la distancia, y Vela, en lugar de retroceder, avanzó directamente hacia él, como si la prudencia del enemigo fuera, en sí misma, una ofensa. Lo recibió con un cabezazo que hizo crujir algo en el pecho de la criatura, y el rey rata volvió a caer, esta vez sin la misma facilidad para levantarse. Se incorporó una vez más, con un movimiento visiblemente más lento que el anterior, y lanzó un zarpazo bajo buscando las patas traseras de Vela. Ella ni siquiera retrocedió: pisó la garra extendida contra el hielo, inmovilizándola por completo, y descargó un segundo cabezazo directo sobre el cráneo del monstruo. El sonido fue seco, casi hueco, como si algo dentro hubiera cedido. El rey rata se desplomó de costado, sacudiendo la cabeza para intentar reorientarse, pero el movimiento ya no tenía la misma coordinación de antes.
A pocos metros, Roka y Suri se habían convertido en una máquina de demolición contra el resto de la horda. Roka barría con la cola cada vez que un grupo se acercaba, aplastándolos contra la fachada del edificio con un sonido húmedo y sordo que se repetía una y otra vez, casi con el ritmo de un metrónomo grotesco. Cada barrido dejaba media docena de cuerpos inmóviles sobre la nieve. En un momento, tres ratas intentaron treparle por el lomo al mismo tiempo, buscando algún punto donde sus escamas fueran más blandas; Roka simplemente se sacudió con violencia, y las tres salieron despedidas contra un auto abandonado, sin volver a moverse. Suri, mientras tanto, se movía entre los cuerpos con una economía de movimientos casi hipnótica: un salto, un mordisco, un giro, y ya estaba sobre la siguiente, sin gastar un segundo más de lo necesario en cada una. Sus mandíbulas se cerraban con una precisión que no dejaba a ninguna rata con más de un intento de ataque; algunas ni siquiera llegaban a chillar antes de caer. En un momento dado, cuatro ratas intentaron una emboscada coordinada desde un callejón lateral, moviéndose con una sincronía que sugería algo más que instinto de manada. Suri las interceptó a las cuatro en menos de tres segundos: un mordisco, un giro, un zarpazo, otro mordisco, y ninguna llegó a tocar el suelo con vida. Cada pocos segundos, otro cuerpo se sumaba al montón creciente que rodeaba sus patas. Los cadáveres se acumulaban tan rápido que apenas se distinguía la nieve debajo de ellos, y el olor a sangre empezaba a competir con el frío por dominar el aire.
El aire olía a pólvora fría, sangre y ozono, una combinación que Alex ya empezaba a asociar con este tipo de noches. A su alrededor, la nieve había dejado de ser blanca en un radio de varios metros, reemplazada por un mosaico irregular de rojo oscuro y cuerpos inmóviles. Ni siquiera el viento lograba llevarse del todo el olor.
—¿Cómo va todo? —preguntó Alex, sin apartar la vista del desordenado campo de batalla.
—Vela, Roka y Suri han reducido la horda en aproximadamente un setenta por ciento en los últimos cinco minutos —respondió Ariel—. Se estima una tasa de victoria por encima del noventa y ocho por ciento. Tiempo estimado para la neutralización total: menos de tres minutos.
Alex asintió, revisando el guante mientras un grupo de ratas, dispersas por el caos del enfrentamiento, empezaba a virar hacia su posición. Algunas ya parecían haber notado su presencia.
A su lado, Eira observaba la escena paralizada, los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada. No era el peligro lo que la tenía así, el peligro, en realidad, había desaparecido en el momento en que Vela dio el primer golpe. Era otra cosa: la facilidad, casi obscena, con la que esas criaturas destrozaban a algo que, hasta esa misma tarde, había sido su pesadilla personal.
—Da miedo —murmuró, sin dirigirse a nadie en particular—. Lo que son capaces de hacer da mucho miedo.
Una rata más grande que las demás logró escabullirse del cerco de Roka y viró hacia ellos, sus garras rasgando la nieve compactada. Alex no se movió más de lo necesario: la interceptó con un puñetazo directo, dejando que la descarga acumulada en su cuerpo se liberara al contacto. La criatura cayó convulsionando, un hilo de humo negro subiendo desde su pelaje chamuscado, y el olor acre se sumó al resto de la carnicería. El impacto le recorrió el brazo hasta el hombro, un eco sordo que ya empezaba a resultarle familiar. No dolía exactamente, pero dejaba una sensación parecida al cansancio, como si cada descarga tomara prestado algo de energía que tardaría en recuperar.
—Quédate cerca de los drones —dijo, sin darle mayor importancia al gesto. Dos de los aparatos se reposicionaron sobre ellos, disparando ráfagas cortas hacia cualquier rata que se acercara demasiado, un zumbido mecánico que se mezclaba con los gruñidos y chillidos del resto del combate. Ariel coordinaba cada disparo con una precisión que a Alex todavía le costaba entender del todo: los aparatos apenas gastaban munición en las ratas que Roka y Suri ya tenían controladas, y concentraban el fuego únicamente en las que lograban escabullirse hacia la retaguardia, como si la propia IA hubiera calculado de antemano cada ángulo posible de fuga. De los diez drones desplegados al inicio del enfrentamiento, solo uno había quedado fuera de servicio; los nueve restantes mantenían, según los cálculos de Ariel, una cobertura efectiva sobre el noventa y tres por ciento del perímetro inmediato.
Una tercera rata, más audaz o más desesperada que las demás, saltó directo hacia Eira, esquivando por poco el fuego de los drones. Alex reaccionó de inmediato: de su guante salió disparado un fino cable negro que se clavó en el lomo del animal a media zancada. Un fuerte zumbido resonó en el aire cuando activó el flujo eléctrico. La descarga fue instantánea, y la criatura cayó inmóvil a un metro de las botas de Eira, sus patas todavía temblando en un último espasmo.
—Gracias... —susurró ella, aunque su voz temblaba más por lo que acababa de presenciar que por el gesto en sí.
—No pasa nada —dijo Alex, revisando el guante por costumbre más que por necesidad—. Todavía queda un rato.
Dos ratas más intentaron la misma maniobra apenas unos segundos después, coordinadas de una forma que sugería que todavía quedaba algo de disciplina en la horda, aunque fuera puro instinto de supervivencia. Alex derribó a la primera con un golpe directo al costado; la segunda alcanzó a arañarle el antebrazo antes de que la descarga la detuviera, dejando un corte superficial que apenas sintió entre la adrenalina. Eira dio un paso adelante, alarmada, pero él negó con la cabeza sin dejar de vigilar el resto del campo.
—Estoy bien —dijo, aunque la sangre ya empezaba a manchar la manga de su chaqueta—. Esto no es nada comparado con lo del oso.
Una quinta rata, atraída por el olor de la sangre fresca en su brazo, se lanzó desde un ángulo bajo, casi a ras de suelo. Alex la recibió con una patada seca que le partió el costado, y la remató con la mano abierta antes de que terminara de caer, sin gastar más energía de la estrictamente necesaria.
Delante de ellos, el rey rata seguía en pie, aunque cada vez con más esfuerzo. Su pelaje enmarañado estaba empapado de sangre, y sus movimientos, que al principio habían tenido algo de calculados, ahora eran solo los espasmos de algo que se niega a aceptar lo inevitable. Intentó rodear a Vela, buscando un ángulo que no había probado antes, pero ella se limitó a girar con él, sin apurarse, como un depredador que sabe que su presa ya no tiene a dónde ir. Cada intento fallido parecía costarle más al rey rata que el anterior, como si cada movimiento agotara una reserva de fuerza que ya no tenía forma de reponer.
—Registro un dato relevante —comentó Ariel—. El rey rata sigue intentando proyectar su señal hacia Vela, incluso en este estado. La probabilidad de que esa señal tenga algún efecto real es prácticamente nula; su comportamiento ya no responde a estrategia, sino a un patrón de desesperación pura.
Para entonces, el rey rata apenas podía sostener su propio peso sobre las cuatro patas. Sangraba por al menos media docena de heridas distintas, y el pelaje de su costado izquierdo colgaba en jirones sueltos, dejando ver el músculo debajo. Aun así, algo en su instinto se negaba a detenerse.
El rey rata se lanzó una última vez, con todo el peso de su cuerpo destrozado, las fauces abiertas buscando el cuello de Vela.
Ella ni siquiera retrocedió. Esperó el impacto con las garras listas, y en el último instante giró, hundiéndolas profundamente en los hombros de la criatura y deteniéndola en seco, como si de pronto pesara nada.
El chillido que soltó el rey rata ya no era de furia. Era el sonido de algo que, por fin, entendía que había perdido.
Ariel, incluso en ese instante, no pudo evitar registrar el dato. —Análisis post mortem pendiente, pero puedo adelantar algo: su tamaño nunca se tradujo en resistencia estructural real. Todo lo que tenía era la ventaja del número, y esa ventaja acaba de desaparecer. Conteo aproximado de la horda original: doscientos doce ejemplares. Bajas confirmadas hasta este momento: ciento noventa y ocho.
Vela bajó la cabeza. Sus mandíbulas se cerraron sobre el cuello de la criatura con un crujido seco y definitivo, y el campo entero pareció contener la respiración durante un segundo. Después, nada. Solo el viento y la nieve, cayendo sobre un cuerpo que ya no se movía.
Vela lo soltó, levantó la cabeza hacia el cielo gris y dejó escapar un rugido que retumbó entre los edificios semiderruidos. La horda, privada de su líder, se deshizo casi de inmediato: algunas ratas huyeron en desbandada, chocando entre sí en su desesperación por escapar; otras se quedaron paralizadas, como si no supieran qué hacer con un mundo sin nadie que les dijera hacia dónde correr. Roka y Suri se encargaron del resto sin apuro, con la misma facilidad brutal de todo lo anterior, hasta que el único sonido que quedó fue el de sus propias respiraciones y el crujido de la nieve bajo sus patas. En menos de un minuto, el campo que había sido un caos de dientes y garras quedó reducido a un silencio pesado, casi antinatural.
Alex dejó escapar un suspiro que llevaba conteniendo, sin darse cuenta, desde hacía varios minutos.
—Ariel, dame un reporte.
—El rey rata ha muerto. La horda está en retirada, y no hay señales de reagrupamiento —respondió la IA, con la misma calma de siempre, como si acabara de leer el clima en vez de narrar el final de una masacre—. Vela, Roka y Suri presentan heridas superficiales, ninguna de consideración. Tus signos vitales están dentro de un rango normal. Munición restante en los drones: sesenta y un por ciento. Tiempo transcurrido desde el inicio del enfrentamiento: catorce minutos con veinte segundos.
—Bien —dijo Alex, aunque el cansancio en su voz decía otra cosa: la de alguien que sabe que todavía queda trabajo por hacer esa misma noche, aunque el cuerpo ya esté pidiendo descanso.
Se permitió, por un instante, cerrar los ojos. El frío seguía ahí, cortante como siempre, pero por debajo de él había algo parecido al alivio: la certeza de que, al menos por esta noche, una de las peores amenazas de la ciudad había dejado de existir.
Eira, a su lado, no dijo nada durante un buen rato. Sus ojos seguían fijos en el cuerpo inmóvil del rey rata, como si necesitara comprobar, una y otra vez, que de verdad ya no se movía. Cuando finalmente habló, su voz era apenas un hilo.
—Llevo meses teniéndole miedo a esa cosa. Y ustedes acaban de... —no terminó la frase.
—Lo sé —dijo Alex—. Sé lo que costó llegar hasta aquí.
Ella asintió, aunque sus ojos seguían fijos en Vela, que ahora se sacudía la sangre ajena de las plumas con un gesto casi despreocupado, como si acabara de terminar una tarea rutinaria en vez de matar a la criatura que había dominado la ciudad durante meses. Para Vela, aquello no parecía haber sido más que una tarea más en una lista larga. —Sigue dando miedo —admitió—. Solo que ahora sé de qué lado está.
—Con eso basta por hoy —dijo Alex.
Se acercó a Vela y le pasó una mano por el costado, sintiendo el calor todavía agitado bajo las plumas. La herida, aunque profunda, ya había dejado de sangrar activamente; el frío, por una vez, jugaba a su favor. —Buen trabajo —murmuró. Vela respondió con un sonido bajo, casi un ronroneo, y empujó suavemente la cabeza contra su hombro. Roka y Suri se acercaron también, sus cuerpos cubiertos de sangre ajena, moviéndose con la misma cautela vigilante de siempre, como si la victoria no cambiara en nada su instinto de mantenerse alerta. Ninguna de las dos parecía particularmente afectada por lo que acababa de hacer; para ellas, aquello no había sido distinto de cualquier otro día de entrenamiento en la granja, solo que esta vez los blancos habían sido de carne y hueso en lugar de sacos de arena.
Cuando Alex se volvió hacia Eira, Vela regresó junto al cadáver del rey rata. Hundió una garra en el cuerpo inmóvil y, tras remover parte de la carne, extrajo una pequeña esfera rojiza, semejante a una canica de cristal. La sostuvo con cuidado entre las garras y volvió hacia Alex, ofreciéndosela. La superficie estaba manchada de sangre.
—¿Qué encontraste? —murmuró Alex. Tomó la esfera y la limpió con un trozo de tela. Bajo las manchas oscuras distinguió un brillo rojo, parecido al de los cristales Omega que habían fabricado en la granja.
—Detecto una elevada concentración de partículas Omega —informó Ariel—. El origen de esta formación cristalina es desconocido. No dispongo de datos suficientes para determinar sus propiedades. Recomiendo conservar la muestra y estudiarla con el equipo del laboratorio.
—Lo haremos cuando regresemos —respondió Alex. Guardó el pequeño cristal en un bolsillo seguro de su equipo y volvió su atención a la estación de policía. Todavía tenían personas que encontrar.
Durante un momento, nadie dijo nada. Incluso los drones parecían haber bajado su ritmo, sobrevolando el área en círculos lentos en vez de patrullar con la urgencia de minutos antes.
—Ariel —continuó Alex, ya recuperando el aliento—, ¿alguna señal de más amenazas?
—Ninguna por el momento —respondió la IA—. El área está despejada, al menos por ahora.
Alex suspiró, aliviado, sintiendo por primera vez en horas que sus hombros se relajaban un poco. —Bien. Vamos a buscar a los compañeros de Eira.
El grupo se puso en marcha, dejando atrás un campo de batalla cubierto de sangre, cuerpos y nieve. El silencio que dejaron detrás era distinto al que había reinado antes de la pelea: no era la calma tensa de una ciudad esperando el próximo peligro, sino algo más parecido al vacío que deja cualquier cosa cuando finalmente termina. Caminaron en silencio los primeros minutos, sus pasos hundiéndose en la nieve fresca junto a los cadáveres de docenas de ratas que ya empezaban a desaparecer bajo una capa blanca. Ninguno de los tres dinosaurios cojeaba, ninguno mostraba señales de haber estado, minutos antes, en el centro de una masacre; solo la sangre seca en sus plumas y garras daba testimonio de lo que acababa de ocurrir.
A mitad de camino, una rata rezagada salió de entre los restos de un auto volcado, más por desesperación que por intención real de atacar. Roka ni siquiera rompió el paso: un golpe lateral de la cola bastó para dejarla inmóvil contra la pared más cercana, y la marcha continuó sin que nadie comentara nada al respecto.
Eira caminaba un poco más cerca de Alex de lo que había caminado antes de la batalla, aunque él no dijo nada al respecto. De vez en cuando miraba hacia atrás, hacia el bulto oscuro que iban dejando cada vez más lejos, como si necesitara comprobar que de verdad no se movía, que de verdad se había terminado. Nadie mencionó al rey rata en voz alta. No había mucho que decir sobre un monstruo que, apenas una hora antes, controlaba cada rincón de esas calles, y que ahora no era más que una mancha oscura perdiéndose en la nevada.
A lo lejos, entre la nevada que no daba tregua, empezaba a distinguirse la silueta gris y achaparrada de la estación de policía, con sus ventanas rotas y su entrada aún rodeada de sombras que se movían con un ritmo demasiado nervioso para tratarse solo del viento. Frente a la puerta, dos patrullas quedaban medio enterradas bajo la nieve, sus luces apagadas desde hacía meses, y una barricada improvisada de sacos de arena y muebles volcados se alzaba torcida a un costado, como el último intento de alguien por contener algo que ya era demasiado tarde para detener.
—Aquí fue donde nos separamos —dijo Eira, deteniéndose frente al edificio. Miró hacia las ventanas de los pisos superiores—. Ellos atrajeron a las ratas para darme tiempo de escapar por un ducto de ventilación. Después ya no supe qué pasó con ellos. No sé dónde estarán ahora.
Alex observó la estación y las ventanas oscuras. —Entonces tendremos que buscarlos. Ariel, mantén los drones vigilando los accesos y prepara un reconocimiento del interior.
—Entendido —respondió la IA—. Iniciando evaluación de posibles rutas de entrada.
Eira levantó la vista una vez más, buscando alguna señal de sus compañeros. No había forma de saber si seguían dentro ni si habían sobrevivido.
Vela encabezó la marcha, con Roka y Suri cerrando filas a los costados, todavía vigilantes a pesar de la victoria. El grupo entero avanzó hacia la entrada de la estación para comenzar la búsqueda, dejando atrás el cuerpo del rey rata y un campo de batalla que la nieve, con el tiempo, terminaría por cubrir por completo.
